martes, 10 de noviembre de 2009

Los capítulos olvidados del yo


PENSAMIENTO I

Hay que ser valiente para vivir como cobarde….


No pienso convertir lo que escribo en una reserva de lamentos mutilantes. Estoy harta de ver siempre el lado vacío de las cosas; lo que no alcanzo; lo que me prohíbo; harta de racionalizar las emociones hasta dejarlas sin una gota de vibración. No más resignarme a aceptar lo que no soy ni quiero ser, lastimando y humillando a la parte más valiosa de mi persona. Y la llamo valiosa y no buena, porque estoy por creer que precisamente la mitad de mí, llena de “mis peores cualidades” morales, es la verdadera pauta de mi éxito. Esa irreverencia encarcelada, para soportar una vida común a la de las demás personas, se desmarca, sacando parte de su esencia. Y cuando eso ocurre, mi personalidad se vuelve aérea, desprendida de la mezquindad de un concepto de bondad, que creo, me es totalmente ajeno.

Estas ideas parecen un tratado de locura, un abalorio con cuentas de cobardías, que intento esquivar, apoyándolo lejos de mi corazón. Sin embargo, creo que no podemos escribir de nada; no podemos apresar la vida y hacerla relato escrito, si primero no limpiamos a conciencia los anteojos que nos ciegan a nuestro interior más terrible, a nuestras más grandes frustraciones. Tenemos que abrazar el miedo, observarnos como realmente somos y darnos la mano, conciliándonos de una vez con nuestros propios desatinos. Intento por demás, poder saludarme; sentir el placer de haberme conocido.

Mis ideas acerca del mundo, acerca de la vida, no tienen un sustrato real. No son obra de una mirada detenida, de una confrontación amistosa o amorosa con lo que me rodea, con el exterior. No, eso implicaría la opción de elegir. Nunca he elegido; he sido puesta en tesitura. He agotado todas las formas de resistencia, terminando en una inercia, que más que física se reduce al cansancio matemático: a menos resistencia, menos esfuerzo. Y me dejo llevar, me lanzo en pos de la espalda de cualquiera, que de tanto en tanto me llame por mi nombre, me mire, me de una caricia como estímulo. Una caricia rápida, un pase de mano. ¿Suena a perro? Quizá. No me avergüenza confesarme perro. Amo con ternura infinita a mi perra, compañía silenciosa, comprensión más allá de toda duda, fidelidad a ultranza, incondicionalidad resumida en una mirada firme y duradera. Un apoyo, una elección única, una libertad en mi amor.
Sigamos con el mundo. La capacidad inhabilitada para elegir, ha condicionado mi mirada. Creo que casi siempre he mirado en derredor con miradas prestadas, miradas alquiladas a precio de oro. Nunca podría decir miradas compartidas. Por eso mi contacto con el exterior es dudoso y está siempre corrompido por los sentimientos del otro. No me libero de la otredad. Nunca soy yo, siempre soy otro, soy del otro y me relaciono como el otro. Sufro el mundo ajeno, porque sencillamente, a mis casi 40 años, no tengo un mundo propio. No he decidido cual es verdaderamente el universo que debo soportar y que me soporta con humildad. Giro en orbitas concéntricas alrededor del punto de atracción y me alejo de mí, me pierdo de vista. No me encuentro, no me veo, porque no soy yo. Soy un reflejo; un acto involuntario; una secuencia de acciones que ni siquiera puedo ordenar porque no las percibo, no las vivo, no las siento, no las padezco, no las interpreto y además, no las entiendo.

Así, nada que haya tocado fuera de mi cuerpo deja huella, nada queda fijado en mí como una opción. Soy intermitente y esporádica. Me he formado de retazos de los seres que han marcado mi existencia. Soy un poco de mi madre, otro poco de mi padre, un poco de cada una de las personas que me he encontrado frontalmente en el camino. Una criatura terriblemente incierta, fallida, desposeída completamente de la capacidad de presentir el amor, de conformarlo a mi medida. Espero que otras manos entreguen a mi corazón el modelo se la pasión. Y voy directamente a la cruz, como un mártir, sólo que sin fe; un santo hastiado, aburrido de predicar en vano y hacia dentro.

Cuando hablo del amor, no condiciono este sentimiento al concepto del cuerpo a cuerpo. Hablo, simplemente, del intercambio de generosidad transparente entre dos seres, que se complacen, se complementan, se activan mutuamente. Amor como definición de desposeción, de antagonismo generoso, limpio, enriquecedor, equivalente. Pero siempre el amor ha venido a mi vida como un acto de sumisión, de estadía temblorosa, de terror al cambio. Un salto de liana, que va desde el amor filial al que comporta sobrevivir a los defectos y regodearse tranquilamente en las virtudes del desconocido ser con que cohabitamos. El amor ha sido en mí un acto colonizador, aculturante y desbastador. El amor me ha desvalijado poco a poco de mi misma y he terminado siendo pedazos de los amores que he sido.

Viendo esto, es improbable que sobreviva algo de lo que quiero contar. Mis memorias son memorias de otros. Son acciones de otros, son pensamientos y sentidos comunes. No he vivido lo que cuento. Me han contado lo que vivo. Soy en mi misma un texto. Un muro de lamentaciones ajenas; un mural apócrifo; un graffiti quejumbroso y plagiante. Una hoja en blanco, donde permanentemente alguien reclama y donde todo lo que soy se mantiene entre las líneas que escriben los demás.

¿Por qué entonces decidirme a escribir? ¿Por qué decidirme ahora a soltar lastre? Porque creo que siendo como soy un calco del otro, no me escuchan, pues no me escucho. Las palabras, los sentimientos rebotan hacia mí, como balas de goma, una y otra vez, amoratando sin sosiego la zona del contacto. Y duele, duele mucho. Por eso, he pensado (acto que aun puedo reservarme casi todo para mí, acto en que se manifiesta silenciosamente mi yo), que si ponía en limpio la sucesión de descalabros que son mis palabras, quizá pudiera callar y evitar así el dolor del golpe que son las palabras que se vienen contra mi piel. Y sé que este es un acto cobarde y tambien una acción atenuante pero no determinante. Una especie de tratamiento para mitigar la enfermedad y sus estragos, pero que termina siendo inoperante cuando el cancro se adapta al tratamiento y lo recibe más que como combate como alimento. ¿Y que es si no el acto de escribir? ¿No es la adaptación a nuestro silencio, que alimenta nuestro dolor existencial para llevarlo a ser paradisíaco divertimento del otro, reconocimiento distanciado y frío de la igualdad de la existencia, siempre que no invada nuestra confortable vida ignorante? Entonces, ya que puedo convertir mi ansiedad en anestesia, al tiempo que hago útil la inútil vida de los otros que se manifiestan en mí, ¿por qué no intentar corregir mi desacuerdo eterno con la vida y darle una vida sola a lo que soy por momentos?

Siempre he creído que el texto ideal para plasmar el dolor, la angustia, la desazón interior, era el poético. Con 16 años me llamé poeta. Sin embargo, la poesía exige ritmo, melodía, exige una música interior. Y la música no manifiesta nunca sentimientos desoladores; la música es de las artes la única terapéutica. Una música puede estar hecha desde el más terrible dolor, o desde la más infinita desgracia existencial, pero cuando se ejecuta, estas condiciones automáticamente se superan y se trasmuta la inmediatez del acto creador en lo opuesto al sentimiento plasmado, el que generó la composición de la partitura. Se transmite así un sentimiento de plenitud, de comunión feliz, de autentica superación de la insignificante circunstancia que dio lugar a la pieza. Se universaliza el sentimiento desolador, y llega a nosotros, en la escucha sucesiva, convertido en un sentimiento de bienestar y de esperanza.

Privada de la capacidad de subversión sentimental de la música como elemento prefigurador del género, la poesía pierde su calidad expresiva. Deja de ser lo que es y se convierte en un texto cansino, tópico, de ritmo saturado. Hay que tener música interior para expresar estos sentimientos que porto como poesía. Y hay que tener el don de convertir tu angustia existencial en clamoroso grito de batalla, en gozo, en vida. Hay que tener el deseo puesto más allá de la contingencia egoísta de soltar el dolor. Hay que querer transformar el mundo, mitigar la desesperanza de los demás. Y no es el caso. Así, visto que poesía y música no se avienen a mi expresión actual, creo que un texto a modo de ensayo filosófico, basado en mi propia existencia, es mucho más honesto, pues desde el inicio advierte la intención individualista de mejorarme, de paliarme, de aliviarme con una confesada actitud onanista, sin ningún interés de mejorar las circunstancias del mundo y de la vida que se me impregna.


CONTINUARA....

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