lunes, 16 de noviembre de 2009

Los capítulos olvidados del yo ( uf que manía ...otro relato...que cuentera estoy hoy)

El mal de las flores

"Aurora de rosa en amanecer,
nota melosa que gimió el violín..."
Cancionero popular cubano
I
Lentamente, con su falda amplia, caminaba por el pasillo, rumbo a la clase, donde un pequeño grupo de alumnos la esperaba para comenzar una nueva diatriba. Su andar era melódico, pero desgarrador en firmeza. No apuraba, y sin embargo flotaba, parecía movida por un mecanismo articulado que la desplazaba y no hacia notar el esfuerzo de caminar.
Si mirabas su cara, notabas un desasosiego calmado, una voluptuosidad domeñada. Era seria, pero evocaba ternura, una dulce paciencia y un genio terrible, todo mezclado en unos ojos fieros y ambarinos, que ni sus cincuenta años lograban volverlos opacos. Eran fulgurantes, intensos, desbocados en goce y quietos observadores. Profundos cuando horadaban los fondos, y lentos en vivir el deseo, en conservar en la retina un cuerpo hermoso o un gesto erotizante. Ojos diseñados para contener lo estético como principio elemental de funcionalidad.
Al caminar, movía los dedos de las manos con rapidez, como si atrapara en el aire preciosas cualidades, que soltaba y volvía a apresar; ejercicio de habilidad donde las halla, pues evidenciaba además el vuelo alto de su imaginación en cada momento. Eran manos angulosas, donde cada falange estaba determinada, limitada y dura; sin embargo eran suaves a la vista, no necesitaban del tacto para transmitir su naturaleza. Uñas perfectas y cortas, pulcras y rosadas. Palma mediana, dadivosa, extendida y contraída, como siguiendo el ritmo del corazón inquieto.
Sus manos y sus ojos eran la herramienta de su trabajo. Modelaba figuras de arcilla desde que tenía 12 años y decidió que su destino vital estaba vinculado única y exclusivamente a la tierra mojada, amasada y convertida en figura. Era un destino de dioses y sin embargo, nunca la asusto la idea de imitar al demiurgo. De niña soñaba con fabricar un Golem, imitar al rabino y soltar su monstruo amoroso a las calles de su ciudad, que si bien no era Praga, bien merecía el prestigio de tener su propio monstruo.
Pero no supo navegar en las aguas de la agitada vida artística y quedó rezagada. Rezagada en su obra, en sus libros, en su propio mundo de monstruos y flores. Después vino el deseo de transmitir, de salir de su agujero, y como ya no quedaban peanas libres para sus figuras aladas, se dedico de lleno a la enseñanza. Sus alumnos eran para ella esas figuras que moldeaba y exponía y su talento como maestra se le revelo como sino de su existencia. Como maestra encontró el amor, el amor de aquella figura torcida y rebelde a sus manos que siempre fue Rosario. Aun hoy recordaba como la vio agazapada y fiera el primer día de curso y como Charo, atrevida y desafiante, se prestaba siempre como modelo a sus compañeros, mostrando un cuerpo exuberante, campesino, fuerte como las figuras de Rivera, pero pletórico de vida, de energía, de arte puro. Eran recuerdos que se montaban uno sobre otro, sin orden, sin secuencia lógica, en un altibajo de emociones.
Recordaba como había besado esa boca de mamey y como había tocado ese cuerpo, amasado sus pechos y golpeado sus nalgas, como si tratara de domesticar una fiera, o intentara ordenar el universo, amalgamándolo en sus manos, como si estuviera ablandando arcilla bruta. Pero Charo nunca fue su figura; por eso la amaba, ahora desde la tranquilidad de una vida compartida durante muchos años. Charo era rebelde, pura, impetuosa como una yegua y con mucho talento, que no desperdició y que hizo de ella una de las artistas más conocidas del momento. Pero ni eso la aquietó. Su origen campesino y esa irreverencia de quien nunca ha sabido que Dios existe, la convirtieron en una mujer fuera de lo común, una artista maldita que pagó con silencio su algarabía estética, una mujer espejo, donde todas querían mirarse. No pactó con los funcionarios, con los viajes, con su propio bienestar. Hacía en su obra un mundo nuevo, destruyendo los rincones miserables del hombre, de su ciudad, de sus enemigos. Y la apartaron, la arrinconaron, segregándola al rencor, en eso se convirtió su ímpetu, su violencia transgresora.
Ahora, era simplemente Rosario, una mujer callada, dura, casi cruel. No esculpió más. Nunca más quiso tocar sus herramientas. Ahora su escoplo era su lengua, ácida, afilada, lacerante. Se había vuelto un ser metódico, calculador, vengativo. Ya no era una gran fiera; era un reptil. Uno de eso caimanes inteligentes, rápidos en clavar sus dientes y despedazar, con mucha ciencia, a su víctima, que eran todos. Aurora también padecía su hostilidad. Rosario le reprochaba su integración, su dedicación, su trabajo. Detestaba cualquier alusión a talentos, artistas, obras de arte. Se negaba a visitar galerías y se replegaba día tras día, en lo único que la hacía sentirse viva por unos instantes: Las flores del Mal. Para ella cada poema era un día, una alusión a su descalabro emocional. Baudelaire era lo único que aún la enervaba. Reservaba cada frase para, como si trazara un horóscopo, soltarlas en cada conversación, trazando siempre un paralelo entre la vida y los versos, como si el origen del hombre y sus miserias estuvieran recogidos en las páginas manoseadas de aquel ejemplar.
Y Aurora se iba convirtiendo en Ocaso con cada línea de los poemas, dichos de noche, de día, en la guerra conyugal, en el amor desganado, en las certezas y en los errores cotidianos o cívicos. Se perdía en vericuetos intentando comprender como aquella muchacha salvaje y alegre, fresca y tremenda, se había convertido en una terrible sensación amarga para su boca, en una lágrima triste cada mañana, en una fría emoción de lejanía. Como se había trasformado una locura maravillosa en una angustia de ojos idos, en unas manos temblorosas y rispidas, que se escabullían de la caricia para meterse de lleno a saludar dolores y rencores.
Aurora caminaba por el pasillo infinito que la conducía al aula y no dejaba de pensar en Rosario, en cada mañana al despertar sola, buscando a Charo los primeros tiempos de su desasosiego, hasta que descubrió que su amor se retiraba cada vez más y dejó de buscarla, dejó de palpar su lado hundido de la cama, ese agujero cálido de su cuerpo que quedaba a su lado, cuando Rosario, cada vez más temprano y presa del abatimiento existencial que hacia su cuerpo cada vez más pesado, iba a hundirse en sus manos, delante de un café gigante, sentada en la cocina. Ya no habían "Buenos días", ni siquiera "Holas". Sólo un frío adiós que crucificaba a Aurora cada vez que marchaba al trabajo, pues más que a despedida, sonaba a reproche y a agresión.
Sin embargo, Aurora seguía queriendo a Rosario con la misma devoción del primer día; era su diosa, su ángel caído y triste, una mariposa silvestre atrapada en una red de contingencias y circunstancias que la habían marchitado. Su esencia estaba viva en Aurora, como un estribillo hermoso, largamente repetido y aprendido. Pero ya no sabía si sentía amor, si aquella ternura dulce y lastimera era amar; se había acostumbrado al transcurrir de los días sin ardor, sin dulzura, sin una fibra de erotismo palpitando en su cuerpo. Se había abandonado a convivir con un iceberg gélido, con una duna peligrosa y terrible y sentía sed.
Sed de cuerpo sudado, de emanaciones, de calor sofocado y sofocante, de una mano que tapara su boca para que los gemidos no alertaran a los transeúntes, cuando su frenesí la hacía olvidar que enloquecía debajo de un frondoso árbol en plena avenida, agazapada y protegida por las altas horas de la noche y la carencia habitual de iluminación de la ciudad. Sentía necesidad de tocar y ser tocada, en un cine, una ruina, en la escalera de un céntrico edificio o simplemente en la tranquilidad protectora de su cuarto, bajo un techo de madera bellísimo, acompañada de un "Nocturno" de Chopin y unas buenas cervezas frías, combinación un poco incongruente, pero muy excitante.
-"Buenos días"- la voz mecánica la sacó de sus meditaciones. Era la directora del centro que se cruzaba con ella y se detenía. En sus "buenos días" había más de frase sin terminar que la simple cortesía de un saludo de primer encuentro.
-"Buenos días"- contestó Aurora y la inquirió con la mirada a que dijera lo que fuera, para seguir su paso hacia el aula y terminar de pensar su inconclusa idea.
- Vas a tener una nueva incorporación en primero. Es una niña de provincias.
- Pero si ya empecé el curso- dijo Aurora, entre asombrada y curiosa, pues suspendió la frase casi de un hilo, para que la otra saciara con una respuesta ya de antemano, de sabida retórica, su afán investigador.
- Viene con una carta de recomendación del Ministro de Cultura, así que tendrás que ponerla al día, darle horas extras, para que se ponga al nivel de sus compañeros, aunque será fácil, pues según rumores tiene un talento innato, es muy buena.
- ¿ Y quien me va a pagar las "horas extras"?- y puso en esa frase final un énfasis burlón.
- Ay Aurora, no jodas de nuevo con lo mismo. Esto es La Escuela de Arte, no el Colegio de Chicago- dijo la otra, esbozando un fastidio sobreactuado, como si ya estuviera habituada a los parlamentos locos de Aurora. Y con la misma añadió - Se llama Alejandra y ya está en el aula.

Aurora miró alejarse a la mujer, que como un robot, iba cumpliendo funciones programadas y pensó - Hay que joderse en este país! Horas extras, no les basta con la miseria de sueldo y las horas establecidas, también tienes que dedicarle tiempo extra a las bitonguitas del Ministro.
Cuando concluyó su diatriba ya estaba a menos de un metro de la puerta del aula. Recuperó su pose habitual, entre dulce y seria, y se convocó mentalmente a atravesar el laberinto donde una masa amorfa la esperaba, en su establecido papel de minotauro idiota.

II
April is the cruellest month, breeding lilacs out of the dead land, mixing memory and desire... Aquí estaba posada su vista, degustando la Tierra Baldía, elogiando con amor a T.S. Elliot, cuando su oído captó un melodioso "Buenos días" y su vista pasó del libro a la realidad como impulsada por un resorte milagroso, invisible y poderoso, que guió su foco de atención al centro emisor de aquellas palabras. La profesora de modelado, subida en el podium, intentaba poner orden a su mesa para comenzar la clase. Sus compañeros, habituados a aquella frase mágica, ocuparon rápido sus mesas y ordenaron, como imitando a la mujer, sus utensilios de trabajo. Sin embargo ella quedó clavada en su sitio y no atinó a mover un músculo. Estaba petrificada, absorta en la observación gradual de Aurora, que presta y rápida, impeccionaba la clase con un golpe de vista, buscaba algo. Ella había elegido el sitio más escondido, pues pretendía utilizar el máximo de tiempo de clase en leerse el libro que tenía que devolver a la biblioteca al día siguiente. Era lo que más la alegraba de residir temporalmente en la capital, la posibilidad de leerse océanos enteros de libros, que en su reducido pueblo eran inaccesibles. De pronto sintió que se ponía tensa, helada y que su cara se convertía en un Pantone de color.
- Por favor, póngase en pie Alejandra del Valle- dijo la profesora leyendo un papel que había encima de su mesa.
Lentamente fue poniéndose en pie y sentía que las piernas iban fundiéndose, convirtiéndose en una lava espesa, materia de volcanes imaginados y apretaba las manos en gesto de agarre, como si su estabilidad dependiera de la cantidad de vacío que lograra atrapar en ellas.
Un tenue - soy yo- salió sin proponérselo de su boca y atravesó unos labios carnosos, rojo vino, que ella en su nerviosismo, no dejaba de mordisquear.
- ¿ Usted es la alumna que viene de provincias?- dijo Aurora, dándole a provincias un leve tono diferente en la entonación y fijando sus ojos, que se abrían discretamente, para enfocar, con su vista miope, aquella figura perfectamente modela que se erguía al final del aula.
- Sí- articulo Alejandra, intentando ser firme, aparentando un orgullo que ni remotamente nunca había tenido por el miserable pueblo del que provenía.
- Pues bien, sabrá usted que el curso ya ha comenzado y que tendrá que trabajar muy duro para poderse igualar a sus compañeros- Aurora respiró después de decir esto, y en su interior sintió un placer enorme, primero porque ya las horas extras no le parecían un exceso de poder gubernamental, sino un regalo del cielo, al mirar, bien enfocada con las gafas que acaba de colocarse, la estampa de plenitud y belleza que era Alejandra; segundo, porque igualar a sus compañeros no era nada complicado, si se tenía en cuenta que el 90% de la clase poseía un pésimo talento y el otro diez, una indisciplina tan grande, que no la habían dejado avanzar prácticamente nada en el curso. Sumándole también, la cantidad de horas perdidas como motivo de concentraciones, marchas y hecatombes nacionales.
- Ya. - dijo Alejandra- Me dirás tú que tengo que hacer. Empleó un tú irrespetuoso y retó a Aurora con la mirada, como alentándola a poner freno a su osadía.
Aurora sintió que la palabra irreverente penetraba por su estómago, pero no como una espada o un punzón, sino como una lengua cuajada de saliva, que lamía sus entrañas y las enardecía, las precipitaba al vacío sabroso de lo erótico, de lo mundanamente hilarante. Pensó recriminarla, avergonzarla, pero aquella sensación de placer se iba extendiendo por su cuerpo, la iba dejando sin fuerzas. Y cuando quiso articular un discurso de respeto, sólo atino a decir - quédate al terminar la clase. Y sintió que Charo volvía, que Rosario se evaporaba, volvió a ver la vida con maripositas en el estómago, a sentir una sinfonía de caricias en sus pechos y un río de destellos coloridos inundó su sexo.
Alejandra, que después de su reto, volvió a sentarse, ya no tuvo ganas de seguir leyendo a su amado Elliot. Quería de repente modelar, ser muy buena con el barro, hacer obras maravillosas, quería ser de arcilla, para que aquella mujer le diera forma, la construyera y articulara a su antojo, residir en su mente como la idea figurada de su obra mayúscula, quería que Aurora la quisiera.
La clase estaba tensa, como si fuera atravesada por los pensamientos cruzados como ráfagas de Aurora y Alejandra, que sin ni siquiera rosarse, apenas 20 minutos de verse, estaban a punto de estallar en un orgasmo virtual. Los alumnos se miraban extrañados ante el silencio de Aurora, y como el deseo es un arma poderosa, lo que no habían logrado regañinas y amenazas, lo lograba hoy la escena mórbida de la maestra y la discípula: el silencio total, el respeto mayor ante la belleza del callado acto de seducción.
Aurora reaccionó, más que por precaución, porque tenía la sensación de que si continuaba con la vista fija y la boca apretada, como besando a la chica con los ojos y poseyéndola dentro de su boca, cerrándole el paso para que no huyera, en cualquier momento podría sobrevenir un temblor o un gemido. Estaban ya a la altura de su pecho y si persistía en la fijeza del acto de atrapar para siempre a Alejandra en un solo momento, escaparían, llegarían muy lejos, si tenía en cuenta la fuerza con que ascendían de sus pies hacia arriba. Y sintió un solo miedo: que su goce y su grito llegara tan allá de sí misma que fuera oído por Charo, que apesadumbrada, buscaría el último poema de Las Flores, para escribir su propio epitafio. Buscaría aquel más tétrico, más horrible, aquel que la dejara a ella siempre a solas con la culpa de haberla traicionado, de asesinarla.
Vamos a comenzar la clase ahora – dijo Aurora intentando mantener la distancia entre su cerebro y sus deseos. Hoy vamos a explicar como podemos modelar un cuerpo humano desde un conocimiento exacto de anatomía – y a medida que decía estas palabras, se imaginaba una sola anatomía y sus manos, ávidas conocedoras, moviéndose en la figura modelo, sin ningunas ganas de crear una que la interpretara.

III
Lentamente desfilaban ante sus ojos brillantes los mismos paisajes que cada día veía de dos formas diferentes; uno a la ida y otro del revés, cuando abandonaba la escuela y marchaba a refugiarse en su casona vieja, fría desde que Rosario quería el silencio por disciplina. Pero hoy todo tenía nuevos matices, todo era excesivamente alegre o interesante a sus ojos. Algo fresco o nuevo descubría cada segundo y la hacía vibrar, sentirse viva en una muerte que hacia tiempo había empezado a sentir como rutina.
Estaba absorta en su día de hoy, pleno, estridente como sinfonía de glorieta. Una clase apurada, rápida, enérgica. Una expectación recorriéndola cada milímetro de espacio que caminaba. El aula había sido hoy como un salón de baile, una gran sala de fiestas, una especie de estación de metro vacía con todas las emociones que esta imagen espacial podría contener: miedo, sorpresa, morbo, irrealidad, fantasía, gusto, placer, soledad viciosa, silencio equilibrado, desprendimiento de sensaciones, desdoblamiento, pensamientos sucios no reprimidos.
La llegada de Alejandra, su descarada conducta, su morbidez, su escaso sentido del límite, su ingenuidad desprejuiciada, su malévola y paradójicamente, inocente exteriorización de sentimientos, descarnaron su rutinaria piel; todo hizo que se cayera en el acto ese pellejo grueso que era la insatisfacción cotidiana. Volvió a sentir calor en su sexo, brillo en la mirada, sintió de nuevo la piel enervarse: y sin embargo, ahora, a pesar de esa felicidad, sentía un feroz miedo a que se le notara, a verse delatada, antes o después en las horas que tenía por delante. Hubiera entregado el Parnaso, a cambio de que el tiempo se comprimiera y hoy fuera ya mañana, pero no por la infantil añoranza de estar al lado de su objeto de deseo, sino por evitarse el encuentro con Rosario, su substancia de tormento y de aflicción.
Tal como le había pedido, Alejandra se quedó después de clase y charlaron de su plan de estudios y casi sin quererlo se vio envuelta en un plan absurdo de asesoramiento individual, clases locas fuera de horario. Clases, que como proposiciones de amor, aceptó con frenesí y deleite, como si en este caso trabajar fuera juego, azúcar, semen, puro sudor de felicidad y no una gruesa carga, una condena, una forma de pagar su tránsito por esta vida.
Porque no hablaron sino de clases, de artistas, de escultura, de modelado. Nada hubo fuera del plan de clases, de los horarios, del esfuerzo que tendrían que hacer ambas para ponerse al día. Y sin embargo, todo era una erotización de la pedagogía, una sexualidad del método, una morbosa secuencia de conocimientos a adquirir. Ambas sabían que la omisión era parte del juego, que evadir las miradas y contener las manos haría mucho más intenso y disfrutable el tiempo de rodeo, de cortejo: era como si se hubieran puesto de acuerdo o como si cada una fuera una actriz representando el papel en un casting desesperado, ansiosas por formar parte de la obra definitiva.
Aurora rememoraba toda la tarde con Alejandra, la veía explicándole su particular concepto del arte, contándole como había llegado hasta allí, como casi sin saberlo, tenía, según decían los conocedores de artefactos artísticos, talento innato. Hablaba sin parar, con esa prisa provinciana de decirlo todo, cuando al provincianismo se une una extravagancia natural, armónica y orgánica, que lejos de producir desagrado, induce al deseo, a la posesión.
Así arribaba Aurora a su casa, lentamente, envuelta el una aureola de levedad, de pacifismo. Una atmósfera dulce y hermosa la rodeaba, a pesar de su empeño por ocultar que algo nuevo le había ocurrido, por más que intentara no evidenciar ante la dolorosa estampa de Rosario, toda su culpa de sentirse viva.
IV
La mañana la asqueaba, el café la asqueaba, el hundimiento del sillón la asqueaba, la gente que llamaba la asqueaba, le daban asco sus manos, su cuerpo enormemente lento, amodorrado, le daba asco mirar la tierra, el cielo, la asqueaba mucho el aire que respiraba. Su vida era una sucesión de arqueadas, su sensación más excitante se reducía al amago del vómito. Era como si dentro de su estómago creciera un volcán, que la quemaba, que le reducía a cenizas hediondas cualquier fugaz ilusión o esperanza.
Cada día era una angustia, un desvivir, una perdida de tiempo. Todo transcurría desnaturalizado, absurdo para ella. Y siempre empleaba el día en recordar. Repasaba su existencia como si leyera el diario de otra, como si se hubiera encontrado los apuntes de una desconocida abandonados en una parada de autobús, sólo que no leía con la curiosidad o el morbo de quien encuentra anotaciones ajenas. Revisaba su vida como un editor de tercera, harto de tanto libro de escritores de cuarta o quinta. No se reconocía en sus recuerdos; ni siquiera se identificaba con sus mejores momentos. No se exaltaba ante ningún recuerdo, no se erizaba ante escenas eróticas, ante mórbidas visiones, no sentía tristeza ante la visión de las sucesivas muertes que había presenciado, ya no sentía ni siquiera rabia por el descalabro, ladrillo a ladrillo, de su existencia creadora. Y un día se dio cuenta que había muerto en vida, cuando dejó de escuchar la palabra amorosa, de sentir la caricia dolorida, la plegaría excitante. Y se resigno a vivir muerta y a fingir lo único que era capaz: odio, asco, desdén.
Recordaba siempre su imagen famélica en la mesa de la cocina, cuando aun era una niña y pintaba con carbón cualquier esquina limpia o pulida; cuando su madre pegaba gritos de espanto al encontrarla en medio de un amasijo de fango, modelando lo que ella consideraba un Belén y su madre, en su pragmática vida, un montón de mierda mezclada con agua que la iba a enfermar. Recordaba como miraba aquel libro de figuritas que tenía la vecina de su madre, lleno de grandes hombres míticos y que por su título ella consideraba muy valioso. Una edición barata de La Historia Sagrada la deslumbraba y un día recibió una descomunal paliza, cuando América, la vecina le dio las quejas a su madre de que la niña había llenado todo el libro con garabatos, que había pintorreado todas las imágenes con unas pinturitas de uña, también robadas a la vecina.
Recordaba su infancia en aquel pueblo horrible, depredador de toda ilusión, hacedor de todas las miserias humanas posibles; aquel pueblo donde no tener un padre era casi ser un descastado y donde cualquier atisbo de creatividad era cercenado, circuncidado, para bien común, pues eso era un mal, un pecado, un castigo de Dios por el descarrío de una madre, descarrío que nunca entendió mientras duró su infancia, mientras duro su vida en aquel sitio de gente sin dientes de tanto darle a la lengua, creía ella.
Recordaba cuando habían llegado los hombres de La Historia Sagrada, con unas barbas enormes y muchos amuletos. Como habían realizado verdaderos milagros, como hablaban de convertir aquel sitio apartado y oscuro, en un paraíso, como todo el país. Recordaba siempre como uno de los Héroes, con su sombrero, su barba grandísima y un hablar extraño, de países lejanos, quizás de donde vivía Dios, la vio dibujar en la mesa mientras comía trozos, sobras, que su madre le había servido; como la llamó artista. Y como ella le dijo que sabía hacer más, pero que su madre decía que eso era castigo por su metedura de pata; como le dijo que hiciera más, y como ella corrió al patio y trajo tierra y le echó agua de un jarro cochambroso y amasó y lo hizo a él, con barba y sombrero. Y como aquel héroe de la tierra de Dios le dijo que ella estudiaría Arte, que tendría una escuela linda y grande, que tendría una patria que la querría mucho y premiaría su talento y que él la mandaría a buscar, para ir a esa escuela, para ir a ese pueblo, Patria, donde por fin la querían, donde decía el del sombrero, siempre tendría un padre y todos tendrían dientes.
El viaje a la capital, con 17 años cumplidos, acabó de forma abrupta, con su infancia extendida. Pensaba y se veía bajar del tren, con una maleta de cartón, con los papeles de la escuela nueva apretados en el pecho, entre su enorme corpiño y sus pequeñas y escuálidas tetas, con un montón de miedos y muchos pájaros revoloteándole en la cabeza. Como bajó de aquel vagón descolorido, viejo, apestoso y se tropezó con un lugar lleno de gente alegre, apurada y atareada en su ir y venir, gente que le sonreía con amplia boca, cuajadita de dientes blancos, sanísimos, brillantes. Como se tropezó con aquel muchachón, hermoso, que le preguntó si andaba sola y ella le dijo que venía a la nueva escuela y el se brindó a llevarla, y la llevó. La llevó tan lejos que se durmió, que sintió un dolor profundo, un dolor entre las piernas que nunca la abandonó, y la hizo dormir, perder la realidad de vista. Y cuando se despertó, en medio de un baño, sucia, rota, tanto como las piezas del lugar, se dio cuenta que ya no tenía infancia, que ese muchacho hermoso le robó su niñez y se la llevó en la boca, apretada entre sus muchos dientes.
Rosario siempre vivió dentro de la rabia y la tristeza. Nunca se recuperó de su dolor, de su pérdida. Sin embargo, en la escuela aprendió a desviar su rencor hacia un mundo que ella misma creaba con sus manos, un universo amasado con dolor, con intensa y poderosa frialdad, pero un cosmos hermoso por su gran artisticidad, por su dominio de conceptos mágicos, de arcanos que sólo ella podía conjugar. Se aplicó desde el inicio en aprender, en sacarle partido a todo cuanto le enseñaran. Pasaba noches enteras leyendo, escribiendo, estudiando. Tardes dibujando sentada en la hierba, figuras, construcciones que después esculpía en piedra o modelaba en arcilla con la facilidad del demiurgo. Dejó de ser Rosario para convertirse en Charo, en la gran Charo del arte con mayúsculas.

CONTINUARA......

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