martes, 10 de noviembre de 2009

Los capítulos olvidados del yo (sigue... atrás)


Los recuerdos

La vida es del carajo, sí señor. Es como un camino lleno de maleza donde nunca sabes que insecto pequeño o que fiera gigantesca te vas a encontrar. Los problemas grandes y pequeños y a partir de ellos, el tiempo que te gastas en resolverlos. Eso es vivir. Vivir es sinónimo de solucionar o de remendar, pues nunca terminas con una misma cosa.
Dante se equivocó. La selva oscura existe siempre, sólo que la vemos cuando tenemos puestos los ojos del pensamiento. Cuando analizamos verdaderamente la vida, y esto ocurre en cada cual según el tiempo que tarde en dejar de ser un niño, nos percatamos de que no es precisamente dejarse llevar, sino que tienes que bracear desesperadamente para no perder el rumbo. Y la vida no es solamente física, sino que tienes que llevar un petate lleno de espíritu. Según sea más duro o más suave el camino lo conservas o lo vas vaciando. Afortunado el que puede llegar al final sin haber perdido ni uno solo de sus bienes espirituales.
Mi vida ha cruzado un gran océano. Un mar físico, que aterroriza por su ferocidad y unas aguas profundas de desasosiego dentro mi propia alma. Porque sueñas y crees que el viaje te hace reencontrarte y sin embargo te pierde. Nunca puedes verte hacia atrás porque la memoria te va olvidando, te va cerrando tu propia imagen y el viaje se convierte en un camino donde no encuentras el principio, pero como siempre, tampoco te es dado ver el final.
Te vas aferrando a las ideas, a los mundos posibles, pero nunca captas la verdadera esencia de lo que fuiste y serás, el mundo real. Cuando sales de tus cotas, te afanas por construirte un mundo de urgencias, como las plantas no puedes sino estar sembrado en alguna parte. Pero el terreno no puede ser real porque no es tuyo. Te plantas entonces en los sueños. Y te limitas a vivirte en la imaginación, llenando tu equipaje con los miedos y los deseos.
Yo emprendí el viaje sin regreso. Yo pude mucho tiempo mantener mi maleta llena de esperanzas. Yo logré durante un tiempo no empeñar mis sueños y mis amores. Pero el camino es difícil para transitarlo con un fardo tan grande de recuerdos y anhelos, de dolores y alegrías, de amores y desamores. Siempre acostumbré a reciclarlo todo. Nunca podrán decir que abandoné a su suerte uno sólo de mis sentimientos. Ahora, quiero descansar un poco, tomar aliento para una subida que decido necesaria. Me siento pues al borde de la vida, desato el nudo que cierra mi pasado y pienso, antes de sacar aquello que ya no necesito, como poder dejar constancia de cada uno de mis más queridos compañeros.
Los recuerdos, que buenos y que malos amigos. Buenos porque te mantienen viva, te hacen saber que existes, que tienes un pasado, un detrás. Malos porque siempre te impiden vivir el presente a tus anchas, te cuestionan el futuro, te halan para que no puedas avanzar. Recuerdos buenos y malos, recuerdos alegres y tristes, recuerdos imprescindibles y desechables. O recuerdos mutables: en su día buenos, hoy malos, intransitables, paradójicamente, irrecordables.
Los sentimientos también son recuerdos. Una vez que los posees, quedan ahí para siempre. Forman parte de ti, viven y laten. Hasta que pasan a formar parte de tu vida muerta y se comienzan a olvidar.
Mis primeros sentimientos fueron poemas. Como recuerdo la intensidad con que los escribía; el dolor placentero que me causaban; la fantasía que evocaba al crearlos. Mis primeros poemas fueron sueños, ganas deseos, pero nunca realidades. Los amores que los encendían eran fábulas de vidas que no eran mías. Fueron posiblemente recuerdos de otros.

CONTINUARA

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