sábado, 10 de enero de 2026
La retórica oscura: marginalidad y feminicidios en Cuba
La llegada al poder del gobierno castrista significó para Cuba, a nivel de conciencia social, un giro de 180 grados. Se desatan una serie de medidas destinadas a “sanear” la sociedad de los vicios heredados de la sociedad capitalista, que a su vez eran el resultado de la gestación del criollo cubano, nacido en la colonia. Teóricamente, estas medidas estaban encaminadas a mejorar la realidad del cubano: se socializa la educación, se alfabetiza y se difunde la enseñanza artística, se hacen gratuitas la escolaridad y la medicina; se reconstruyen las prácticas sociales y se procura la convivencia interracial, interclasista e intercultural.
Pero, a la vista de las definiciones antropológicas que se sostienen a día de hoy, sobre todo para el estudio de la pervivencia de sociedades preindustriales y subdesarrolladas, ninguna sociedad altera su conducta por una subversión instantánea de las normas políticas (en este caso, se disfrazaron de mejoras sociales). Tampoco estas, para definir el caso, cambian el pensamiento cultural del individuo en periodos históricos tan cortos como seis décadas (aunque para los cubanos parezca una eternidad, dicho sea de paso).
El poder asumido por el líder supremo y sus sucesivos testaferros en la Isla sustituyó el concepto de “cultura” por el concepto (de entramado político-ideológico) “patria”. Si la cultura, en su sentido etnográfico (como nos dice el reconocido antropólogo Marvin Harris), es ese todo complejo que comprende conocimientos, creencias, arte, moral, derecho, costumbres, capacidades y hábitos adquiridos por el hombre en tanto que miembro de la sociedad,es obvio que, entonces, al cambiar “cultura” por “patria” se eludía la responsabilidad de la permanencia cultural cubana. “Patria” es sencillamente una entelequia ideológica, que no se construye desde ninguna realidad material y, por ende, el pretendido cambio moral de la sociedad cubana, y de cada uno de sus miembros, no ocurrió.
La teoría de que un proceso de cambio social necesita una cultura que defienda sus valores, no valida para nada la imposición y la censura. Cuando se instrumentan cambios de orden social, movilizando todas las estructuras que son pilares dentro de una nación, el individuo adoptará paulatinamente una postura ante los cambios, siendo muchas veces promotor, accionista y peticionario de los mismos. El individuo, inmerso en la reestructuración del medio en que vive y participando activamente en la reorganización de valores, se postura al unísono de los cambios, viendo lo nuevo en función de la amplitud de sus derechos y su libertad para ejercerlos. Sirva esto para entender que es el propio hombre quien construye los cimientos de su nueva condición, y que, anhelante de cambios, se atrinchera para defender sus logros.
Sin embargo, simplemente se alteró el entorno y los cubanos fueron cobijándose en un “travestismo” hacia afuera, conservando su arraigada forma de comportamiento. Desde el poder y las instituciones, un falocentrismo de corte militar y bárbaro vitoreaba la conducta del hombre nuevo: supermachos, homofóbicos y misóginos a los que no le falta, todavía hoy, una conducta prostibularia; la esposa deviene sirvienta, puta, objeto de deseo de otros hombres y cómo no, recipiente de los traumas, los trastornos y la violencia del hombre (ese brote mediterráneo de “la maté porque era mía”).
Agreguemos a esto que la mujer cubana, a pesar de su supuesta liberación y su presencia mediática (lo que resume la discriminación positiva), tampoco ha cambiado mucho el chip. Comportamientos como la prostitución juvenil, la aceptación de los micromachismos, los casamientos por acuerdos, entrar en los juegos del adulterio, también son componentes que se mantienen en la “tautológica patria”. Este planteamiento puede ocasionar sarpullidos en las teóricas del feminismo en Cuba, que fuerzan (a nivel de pluma y papel, con conceptos de feminismos ya descatalogados) la presencia de la mujer cubana culta y retribuida, y desvían la atención hacia lugares donde ellas afirman que reside la marginalidad.
Y yo me pregunto: ¿hay algún lugar en Cuba donde no exista la marginalidad? ¿No ha sido la Isla un experimento sombrío cuya finalidad era rasar la sociedad hasta el plano de la igualdad más absoluta? Entonces, ¿de qué periferia nos hablan estas académicas y algún que otro académico?
Tengamos en cuenta que las mujeres intelectuales, con posturas tendentes al feminismo, pertenecientes a una burguesía ilustrada, y que contribuyeron al entramado de la cultura nacional (Lydia Cabrera, María Luisa Gómez Mena, Isabel Castellano, Mercedes Cross Sandoval), emigraron casi todas tras el arribo del Atila Latinoamericano; y las que quedaron se encargaron de difundir el mensaje del amo.
Pensemos que las productoras de cultura, artistas visuales, cineastas, músicas, escritoras, bailarinas, actrices, han sido seleccionadas primero por su servilismo al poder, y las demás, las sobrantes, malinterpretadas a posta para emitir una lectura errática (Amelia Peláez, Antonia Eiriz, Loló Soldevilla, Hilda Vidal, Sandra Ceballos, Clara Morera, Celia Cruz, Lupe Joly, Olga Guillot, Celeste Mendoza, Zoé Valdés, Belkis Cuza, et al), han sido silenciadas por la ideología, estigmatizadas, negadas por las instituciones académicas, obligadas al exilio o a vivir en el ostracismo en la Isla.
Recuerdo una frase de Gerardo Mosquera en un artículo sobre los ochenta: “en Cuba no hace falta un feminismo ñoño y bravucón”.
Entonces, sin la actuación de las mujeres intelectuales, académicas y artistas con tendencia feminista (no incluyo otras áreas: científicas, investigadoras, deportistas, porque no manejo los datos con exactitud); sin su saber expuesto en la Isla, es de Perogrullo que la mujer cubana, o es servil al poder o es socialmente marginal (ateniéndonos incluso a la relación que tiene este término con el de disidente). Con lo cual, no me vale ese concepto de “zonas marginales” con enfoque etnocéntrico.
Pero, aun saltándonos todo lo anterior, baste decir que en Cuba no se repartió jamás la riqueza, sino que se masificó la miseria. Así, la conducta marginal de hombres y mujeres, independientemente de su nivel cultural, es hoy por hoy, y desde hace más de cinco décadas, inherente a la sociedad cubana.
La postura marxista-leninista de un castrismo machista, narcisista, megalómano y ególatra, que en principio contó con el apoyo no solo del pueblo, sino de la clase burguesa y de los intelectuales, se convirtió muy pronto en un continuo acoso y derribo de todo aquello considerado como atentado a los principios revolucionarios, que luego se convirtieron en leyes. Todo quedó en una legalidad controladora, y la respuesta de una sociedad civil militarizada fue, en parte, mirar al pasado: un pasado vislumbrado cada vez más como “lo bueno”, un pasado siempre ubicado antes del fatídico año 1959.
La pobreza, la poca viabilidad, la carencia de los más elementales recursos, de los productos básicos y de primera necesidad, engendra por ontología una conducta asocial o antisocial, una vuelta a modelos anteriores y una educación de generaciones con los antiguos modelos sociales y éticos. Es como una especie de culturación, donde la sociedad se va decapando al llenarse de groseras figuraciones de derrota, y busca los valores de pervivencia y seguridad que provienen de un ayer añorado y preferible.
II
El cine ha plasmado, con más verosimilitud que ninguna otra de las artes, la caída de los valores humanos, la sucesiva degradación social y la marginalidad que se ha extendido por Cuba, en tanto sombra que borra cualquier color.
Recuerdo con estupor la película El rey de La Habana: una cruda escenografía de la depauperación humana y material de una ciudad que en su día era una metáfora repetida en canciones y poemas de los más grandes autores. Tanto los personajes como los entornos donde se mueven son una representación vívida de la realidad, no solo habanera, sino cubana. Me pareció que esta película era la consecuencia del dilema irresoluto de Conducta, vista desde los prismáticos de la famosa secuencia de Memorias del subdesarrollo, y superada con creces la utopía profética de Los sobrevivientes.
Tanto El rey de La Habana como Conducta y Los dioses rotos, entre otras películas, reproducen la evidencia del carácter y los valores de la sociedad cubana de hoy. La proyección de la conducta machista, dominante, discriminatoria, del hombre como maltratador (con comportamientos carcelarios, con una autoridad total para quitar la vida a sus mujeres; un poder atribuido muchas veces al desconocimiento de la importancia de la mujer en los cultos afrocubanos, la tergiversación de sus contenidos simbólicos y didácticos), así como las mujeres degradadas, prostituibles, es una evidencia de que, desde los estamentos de poder, en la realidad social cubana no se ha realizado ningún trabajo que evite estos comportamientos.
A nivel académico, una de las primeras personas que realizó un trabajo de investigación sobre arte y feminismo en Cuba, y que continúa dicho trabajo como parte de su investigación doctoral, es la autora de este artículo (Véase El discurso femenino en la vanguardia plástica cubana, Reservorio Universitario, Universidad de Santiago de Compostela, 2011). Toda la anuencia de las teóricas del feminismo cubano, que ahora trabajan desde un neofeminismo que incentiva la creación de conceptos errados (con h y sin ella), cargándose siglos de evolución y lucha de las mujeres por ganar derechos. Ese “neo” ha cometido el primer feminicidio: matar el movimiento feminista caracterizado por la lucha perseverante y evolutiva.
Es obvio que siglos de lucha feminista occidental han creado un constructo de saberes variados y sólidos. Sin embargo, estas académicas y teóricas del feminismo cubano, más que liderar un movimiento práctico que después sea teorizado para reformularse nuevamente en el terreno, se han comportado como obedientes escribanas. Sin crear un feminismo de lucha, pretenden analizar y protagonizar esas absurdeces del lenguaje inclusivo, los eslóganes del tipo “si me miras me violas” y otras superficialidades que en Occidente pueden hasta dejarse pasar porque las intelectuales, las académicas y las feministas de movimiento (ancladas en la evolución teórica permanente) tenemos muy claro cuál es el epicentro de nuestro compromiso: tanto en el estudio como en los parlamentos, tanto en las redes sociales en las calles.
Pertenecemos al feminismo de emergencia, nos pasamos el testigo por generaciones, argumentándonos desde la herencia del conocimiento y desde nuestras respectivas áreas del saber (que son áreas de poder), para plantear los problemas y proponer soluciones y exigir que se legisle. Por ejemplo: la legalización del matrimonio homosexual, en 2006, y la Ley Contra la Violencia Doméstica y de Género, que si bien aún no está concluida, sí ha entrado en vigor dentro de la legalidad española y está ratificada y respaldada por los estamentos legislativos internacionales que actúan para la Comunidad Europea.
Ahora nuestra lucha no es penalizar los feminicidios, sino actuar antes de que ocurran: creando conciencia de aviso, poniendo servicios de teléfono para denunciar, aumentando los refugios para mujeres maltratadas, rescatando prostitutas amenazadas por las mafias de la trata de blancas; creando organizaciones donde psicólogas, abogadas y médicos ayudan a las mujeres que han dado el paso de abandonar y no ser una más, sino una menos; brindando acompañamiento a mujeres emprendedoras, contratándolas cuando empiezan sus primeros pasos, creando empresas con ellas y para ellas.
El feminismo es un movimiento de acción que se vale de los saberes de sus militantes para actuar en la realidad y cambiar el status quo, dando pasos firmes y resolutivos para pasar a la próxima pelea y al próximo derecho.
Me pregunto: ¿qué se puede opinar del feminicidio en Cuba, que ha saltado ahora a las arenas virtuales y que es demonizado y desmentido por los medios de comunicación masiva (un periódico que parece una hoja parroquial, donde no habitan periodistas sino simples linotipistas de frases hechas que adaptan según la orden de redacción)? ¿Cómo puedo opinar, si soy consciente de que Cuba es un contexto marginal y las feministas de postín y boletos de avión dicen que los feminicidios ocurren solo en zonas marginales y que el trabajo debe empezar por la inclusión lingüística (a la que dedican pliegos y live en redes)?
¿Qué se puede decir, desde 30 años y un océano de distancia de la Isla del terror, si me he fraguado en el coraje de exponer por primera vez estos temas en las aulas de la Facultad de Artes y Letras (con mi tesina de Licenciatura dedicada al boom de mujeres artistas de la década de 1980), integrándome luego, desde mi arribo a Galicia en 1994, a la élite intelectual feminista reunida en torno a la escritora María Xosé Queizan y el tabloide Festa da Palabra Silenciada?
No puedo y no quiero vaticinar el futuro del maltrato y los feminicidios en Cuba. Tampoco puedo explicar cómo esas feministas teóricas, académicas y parlantes en congresos, podrán dormir con el peso de tantas mujeres muertas o denigradas mientras ellas crean circulitos de marginalidad en el mapa cubano y hablan largamente (tienen que usar el lenguaje inclusivo) para al final no proponer medidas que detengan esos feminicidios.
Creo que, por más que opinemos los malnacidos de afuera (no sobre este, sino sobre cualquiera de los actos terribles que a diario se producen en Cuba), es desde dentro que podrán cambiarse las cosas: con más acción y menos explicación, desde la creación de movimientos visibles que tengan el apoyo de la diáspora cubana (esto, por supuesto, represión aparte, de la cual soy consciente). Hay que mojarse de miedo para conquistar la justicia o morir por ella, si no tomas el exilio por montera. Como dicen los gallegos: “Quen quera peixes, debe mollarse o cu”.
Por Virginia Ramírez Abreu
Publicado en octubre 8, 2020, Hypermedia Magazzine
https://hypermediamagazine.com/dosieres-hm/violenciacero/feminismo-marginalidad-feminicidios-cuba/
lunes, 16 de noviembre de 2009
Los capítulos olvidados del yo ( uf que manía ...otro relato...que cuentera estoy hoy)
El mal de las flores
"Aurora de rosa en amanecer,
nota melosa que gimió el violín..."
Cancionero popular cubano
I
Lentamente, con su falda amplia, caminaba por el pasillo, rumbo a la clase, donde un pequeño grupo de alumnos la esperaba para comenzar una nueva diatriba. Su andar era melódico, pero desgarrador en firmeza. No apuraba, y sin embargo flotaba, parecía movida por un mecanismo articulado que la desplazaba y no hacia notar el esfuerzo de caminar.
Si mirabas su cara, notabas un desasosiego calmado, una voluptuosidad domeñada. Era seria, pero evocaba ternura, una dulce paciencia y un genio terrible, todo mezclado en unos ojos fieros y ambarinos, que ni sus cincuenta años lograban volverlos opacos. Eran fulgurantes, intensos, desbocados en goce y quietos observadores. Profundos cuando horadaban los fondos, y lentos en vivir el deseo, en conservar en la retina un cuerpo hermoso o un gesto erotizante. Ojos diseñados para contener lo estético como principio elemental de funcionalidad.
Al caminar, movía los dedos de las manos con rapidez, como si atrapara en el aire preciosas cualidades, que soltaba y volvía a apresar; ejercicio de habilidad donde las halla, pues evidenciaba además el vuelo alto de su imaginación en cada momento. Eran manos angulosas, donde cada falange estaba determinada, limitada y dura; sin embargo eran suaves a la vista, no necesitaban del tacto para transmitir su naturaleza. Uñas perfectas y cortas, pulcras y rosadas. Palma mediana, dadivosa, extendida y contraída, como siguiendo el ritmo del corazón inquieto.
Sus manos y sus ojos eran la herramienta de su trabajo. Modelaba figuras de arcilla desde que tenía 12 años y decidió que su destino vital estaba vinculado única y exclusivamente a la tierra mojada, amasada y convertida en figura. Era un destino de dioses y sin embargo, nunca la asusto la idea de imitar al demiurgo. De niña soñaba con fabricar un Golem, imitar al rabino y soltar su monstruo amoroso a las calles de su ciudad, que si bien no era Praga, bien merecía el prestigio de tener su propio monstruo.
Pero no supo navegar en las aguas de la agitada vida artística y quedó rezagada. Rezagada en su obra, en sus libros, en su propio mundo de monstruos y flores. Después vino el deseo de transmitir, de salir de su agujero, y como ya no quedaban peanas libres para sus figuras aladas, se dedico de lleno a la enseñanza. Sus alumnos eran para ella esas figuras que moldeaba y exponía y su talento como maestra se le revelo como sino de su existencia. Como maestra encontró el amor, el amor de aquella figura torcida y rebelde a sus manos que siempre fue Rosario. Aun hoy recordaba como la vio agazapada y fiera el primer día de curso y como Charo, atrevida y desafiante, se prestaba siempre como modelo a sus compañeros, mostrando un cuerpo exuberante, campesino, fuerte como las figuras de Rivera, pero pletórico de vida, de energía, de arte puro. Eran recuerdos que se montaban uno sobre otro, sin orden, sin secuencia lógica, en un altibajo de emociones.
Recordaba como había besado esa boca de mamey y como había tocado ese cuerpo, amasado sus pechos y golpeado sus nalgas, como si tratara de domesticar una fiera, o intentara ordenar el universo, amalgamándolo en sus manos, como si estuviera ablandando arcilla bruta. Pero Charo nunca fue su figura; por eso la amaba, ahora desde la tranquilidad de una vida compartida durante muchos años. Charo era rebelde, pura, impetuosa como una yegua y con mucho talento, que no desperdició y que hizo de ella una de las artistas más conocidas del momento. Pero ni eso la aquietó. Su origen campesino y esa irreverencia de quien nunca ha sabido que Dios existe, la convirtieron en una mujer fuera de lo común, una artista maldita que pagó con silencio su algarabía estética, una mujer espejo, donde todas querían mirarse. No pactó con los funcionarios, con los viajes, con su propio bienestar. Hacía en su obra un mundo nuevo, destruyendo los rincones miserables del hombre, de su ciudad, de sus enemigos. Y la apartaron, la arrinconaron, segregándola al rencor, en eso se convirtió su ímpetu, su violencia transgresora.
Ahora, era simplemente Rosario, una mujer callada, dura, casi cruel. No esculpió más. Nunca más quiso tocar sus herramientas. Ahora su escoplo era su lengua, ácida, afilada, lacerante. Se había vuelto un ser metódico, calculador, vengativo. Ya no era una gran fiera; era un reptil. Uno de eso caimanes inteligentes, rápidos en clavar sus dientes y despedazar, con mucha ciencia, a su víctima, que eran todos. Aurora también padecía su hostilidad. Rosario le reprochaba su integración, su dedicación, su trabajo. Detestaba cualquier alusión a talentos, artistas, obras de arte. Se negaba a visitar galerías y se replegaba día tras día, en lo único que la hacía sentirse viva por unos instantes: Las flores del Mal. Para ella cada poema era un día, una alusión a su descalabro emocional. Baudelaire era lo único que aún la enervaba. Reservaba cada frase para, como si trazara un horóscopo, soltarlas en cada conversación, trazando siempre un paralelo entre la vida y los versos, como si el origen del hombre y sus miserias estuvieran recogidos en las páginas manoseadas de aquel ejemplar.
Y Aurora se iba convirtiendo en Ocaso con cada línea de los poemas, dichos de noche, de día, en la guerra conyugal, en el amor desganado, en las certezas y en los errores cotidianos o cívicos. Se perdía en vericuetos intentando comprender como aquella muchacha salvaje y alegre, fresca y tremenda, se había convertido en una terrible sensación amarga para su boca, en una lágrima triste cada mañana, en una fría emoción de lejanía. Como se había trasformado una locura maravillosa en una angustia de ojos idos, en unas manos temblorosas y rispidas, que se escabullían de la caricia para meterse de lleno a saludar dolores y rencores.
Aurora caminaba por el pasillo infinito que la conducía al aula y no dejaba de pensar en Rosario, en cada mañana al despertar sola, buscando a Charo los primeros tiempos de su desasosiego, hasta que descubrió que su amor se retiraba cada vez más y dejó de buscarla, dejó de palpar su lado hundido de la cama, ese agujero cálido de su cuerpo que quedaba a su lado, cuando Rosario, cada vez más temprano y presa del abatimiento existencial que hacia su cuerpo cada vez más pesado, iba a hundirse en sus manos, delante de un café gigante, sentada en la cocina. Ya no habían "Buenos días", ni siquiera "Holas". Sólo un frío adiós que crucificaba a Aurora cada vez que marchaba al trabajo, pues más que a despedida, sonaba a reproche y a agresión.
Sin embargo, Aurora seguía queriendo a Rosario con la misma devoción del primer día; era su diosa, su ángel caído y triste, una mariposa silvestre atrapada en una red de contingencias y circunstancias que la habían marchitado. Su esencia estaba viva en Aurora, como un estribillo hermoso, largamente repetido y aprendido. Pero ya no sabía si sentía amor, si aquella ternura dulce y lastimera era amar; se había acostumbrado al transcurrir de los días sin ardor, sin dulzura, sin una fibra de erotismo palpitando en su cuerpo. Se había abandonado a convivir con un iceberg gélido, con una duna peligrosa y terrible y sentía sed.
Sed de cuerpo sudado, de emanaciones, de calor sofocado y sofocante, de una mano que tapara su boca para que los gemidos no alertaran a los transeúntes, cuando su frenesí la hacía olvidar que enloquecía debajo de un frondoso árbol en plena avenida, agazapada y protegida por las altas horas de la noche y la carencia habitual de iluminación de la ciudad. Sentía necesidad de tocar y ser tocada, en un cine, una ruina, en la escalera de un céntrico edificio o simplemente en la tranquilidad protectora de su cuarto, bajo un techo de madera bellísimo, acompañada de un "Nocturno" de Chopin y unas buenas cervezas frías, combinación un poco incongruente, pero muy excitante.
-"Buenos días"- la voz mecánica la sacó de sus meditaciones. Era la directora del centro que se cruzaba con ella y se detenía. En sus "buenos días" había más de frase sin terminar que la simple cortesía de un saludo de primer encuentro.
-"Buenos días"- contestó Aurora y la inquirió con la mirada a que dijera lo que fuera, para seguir su paso hacia el aula y terminar de pensar su inconclusa idea.
- Vas a tener una nueva incorporación en primero. Es una niña de provincias.
- Pero si ya empecé el curso- dijo Aurora, entre asombrada y curiosa, pues suspendió la frase casi de un hilo, para que la otra saciara con una respuesta ya de antemano, de sabida retórica, su afán investigador.
- Viene con una carta de recomendación del Ministro de Cultura, así que tendrás que ponerla al día, darle horas extras, para que se ponga al nivel de sus compañeros, aunque será fácil, pues según rumores tiene un talento innato, es muy buena.
- ¿ Y quien me va a pagar las "horas extras"?- y puso en esa frase final un énfasis burlón.
- Ay Aurora, no jodas de nuevo con lo mismo. Esto es La Escuela de Arte, no el Colegio de Chicago- dijo la otra, esbozando un fastidio sobreactuado, como si ya estuviera habituada a los parlamentos locos de Aurora. Y con la misma añadió - Se llama Alejandra y ya está en el aula.
Aurora miró alejarse a la mujer, que como un robot, iba cumpliendo funciones programadas y pensó - Hay que joderse en este país! Horas extras, no les basta con la miseria de sueldo y las horas establecidas, también tienes que dedicarle tiempo extra a las bitonguitas del Ministro.
Cuando concluyó su diatriba ya estaba a menos de un metro de la puerta del aula. Recuperó su pose habitual, entre dulce y seria, y se convocó mentalmente a atravesar el laberinto donde una masa amorfa la esperaba, en su establecido papel de minotauro idiota.
II
April is the cruellest month, breeding lilacs out of the dead land, mixing memory and desire... Aquí estaba posada su vista, degustando la Tierra Baldía, elogiando con amor a T.S. Elliot, cuando su oído captó un melodioso "Buenos días" y su vista pasó del libro a la realidad como impulsada por un resorte milagroso, invisible y poderoso, que guió su foco de atención al centro emisor de aquellas palabras. La profesora de modelado, subida en el podium, intentaba poner orden a su mesa para comenzar la clase. Sus compañeros, habituados a aquella frase mágica, ocuparon rápido sus mesas y ordenaron, como imitando a la mujer, sus utensilios de trabajo. Sin embargo ella quedó clavada en su sitio y no atinó a mover un músculo. Estaba petrificada, absorta en la observación gradual de Aurora, que presta y rápida, impeccionaba la clase con un golpe de vista, buscaba algo. Ella había elegido el sitio más escondido, pues pretendía utilizar el máximo de tiempo de clase en leerse el libro que tenía que devolver a la biblioteca al día siguiente. Era lo que más la alegraba de residir temporalmente en la capital, la posibilidad de leerse océanos enteros de libros, que en su reducido pueblo eran inaccesibles. De pronto sintió que se ponía tensa, helada y que su cara se convertía en un Pantone de color.
- Por favor, póngase en pie Alejandra del Valle- dijo la profesora leyendo un papel que había encima de su mesa.
Lentamente fue poniéndose en pie y sentía que las piernas iban fundiéndose, convirtiéndose en una lava espesa, materia de volcanes imaginados y apretaba las manos en gesto de agarre, como si su estabilidad dependiera de la cantidad de vacío que lograra atrapar en ellas.
Un tenue - soy yo- salió sin proponérselo de su boca y atravesó unos labios carnosos, rojo vino, que ella en su nerviosismo, no dejaba de mordisquear.
- ¿ Usted es la alumna que viene de provincias?- dijo Aurora, dándole a provincias un leve tono diferente en la entonación y fijando sus ojos, que se abrían discretamente, para enfocar, con su vista miope, aquella figura perfectamente modela que se erguía al final del aula.
- Sí- articulo Alejandra, intentando ser firme, aparentando un orgullo que ni remotamente nunca había tenido por el miserable pueblo del que provenía.
- Pues bien, sabrá usted que el curso ya ha comenzado y que tendrá que trabajar muy duro para poderse igualar a sus compañeros- Aurora respiró después de decir esto, y en su interior sintió un placer enorme, primero porque ya las horas extras no le parecían un exceso de poder gubernamental, sino un regalo del cielo, al mirar, bien enfocada con las gafas que acaba de colocarse, la estampa de plenitud y belleza que era Alejandra; segundo, porque igualar a sus compañeros no era nada complicado, si se tenía en cuenta que el 90% de la clase poseía un pésimo talento y el otro diez, una indisciplina tan grande, que no la habían dejado avanzar prácticamente nada en el curso. Sumándole también, la cantidad de horas perdidas como motivo de concentraciones, marchas y hecatombes nacionales.
- Ya. - dijo Alejandra- Me dirás tú que tengo que hacer. Empleó un tú irrespetuoso y retó a Aurora con la mirada, como alentándola a poner freno a su osadía.
Aurora sintió que la palabra irreverente penetraba por su estómago, pero no como una espada o un punzón, sino como una lengua cuajada de saliva, que lamía sus entrañas y las enardecía, las precipitaba al vacío sabroso de lo erótico, de lo mundanamente hilarante. Pensó recriminarla, avergonzarla, pero aquella sensación de placer se iba extendiendo por su cuerpo, la iba dejando sin fuerzas. Y cuando quiso articular un discurso de respeto, sólo atino a decir - quédate al terminar la clase. Y sintió que Charo volvía, que Rosario se evaporaba, volvió a ver la vida con maripositas en el estómago, a sentir una sinfonía de caricias en sus pechos y un río de destellos coloridos inundó su sexo.
Alejandra, que después de su reto, volvió a sentarse, ya no tuvo ganas de seguir leyendo a su amado Elliot. Quería de repente modelar, ser muy buena con el barro, hacer obras maravillosas, quería ser de arcilla, para que aquella mujer le diera forma, la construyera y articulara a su antojo, residir en su mente como la idea figurada de su obra mayúscula, quería que Aurora la quisiera.
La clase estaba tensa, como si fuera atravesada por los pensamientos cruzados como ráfagas de Aurora y Alejandra, que sin ni siquiera rosarse, apenas 20 minutos de verse, estaban a punto de estallar en un orgasmo virtual. Los alumnos se miraban extrañados ante el silencio de Aurora, y como el deseo es un arma poderosa, lo que no habían logrado regañinas y amenazas, lo lograba hoy la escena mórbida de la maestra y la discípula: el silencio total, el respeto mayor ante la belleza del callado acto de seducción.
Aurora reaccionó, más que por precaución, porque tenía la sensación de que si continuaba con la vista fija y la boca apretada, como besando a la chica con los ojos y poseyéndola dentro de su boca, cerrándole el paso para que no huyera, en cualquier momento podría sobrevenir un temblor o un gemido. Estaban ya a la altura de su pecho y si persistía en la fijeza del acto de atrapar para siempre a Alejandra en un solo momento, escaparían, llegarían muy lejos, si tenía en cuenta la fuerza con que ascendían de sus pies hacia arriba. Y sintió un solo miedo: que su goce y su grito llegara tan allá de sí misma que fuera oído por Charo, que apesadumbrada, buscaría el último poema de Las Flores, para escribir su propio epitafio. Buscaría aquel más tétrico, más horrible, aquel que la dejara a ella siempre a solas con la culpa de haberla traicionado, de asesinarla.
Vamos a comenzar la clase ahora – dijo Aurora intentando mantener la distancia entre su cerebro y sus deseos. Hoy vamos a explicar como podemos modelar un cuerpo humano desde un conocimiento exacto de anatomía – y a medida que decía estas palabras, se imaginaba una sola anatomía y sus manos, ávidas conocedoras, moviéndose en la figura modelo, sin ningunas ganas de crear una que la interpretara.
III
Lentamente desfilaban ante sus ojos brillantes los mismos paisajes que cada día veía de dos formas diferentes; uno a la ida y otro del revés, cuando abandonaba la escuela y marchaba a refugiarse en su casona vieja, fría desde que Rosario quería el silencio por disciplina. Pero hoy todo tenía nuevos matices, todo era excesivamente alegre o interesante a sus ojos. Algo fresco o nuevo descubría cada segundo y la hacía vibrar, sentirse viva en una muerte que hacia tiempo había empezado a sentir como rutina.
Estaba absorta en su día de hoy, pleno, estridente como sinfonía de glorieta. Una clase apurada, rápida, enérgica. Una expectación recorriéndola cada milímetro de espacio que caminaba. El aula había sido hoy como un salón de baile, una gran sala de fiestas, una especie de estación de metro vacía con todas las emociones que esta imagen espacial podría contener: miedo, sorpresa, morbo, irrealidad, fantasía, gusto, placer, soledad viciosa, silencio equilibrado, desprendimiento de sensaciones, desdoblamiento, pensamientos sucios no reprimidos.
La llegada de Alejandra, su descarada conducta, su morbidez, su escaso sentido del límite, su ingenuidad desprejuiciada, su malévola y paradójicamente, inocente exteriorización de sentimientos, descarnaron su rutinaria piel; todo hizo que se cayera en el acto ese pellejo grueso que era la insatisfacción cotidiana. Volvió a sentir calor en su sexo, brillo en la mirada, sintió de nuevo la piel enervarse: y sin embargo, ahora, a pesar de esa felicidad, sentía un feroz miedo a que se le notara, a verse delatada, antes o después en las horas que tenía por delante. Hubiera entregado el Parnaso, a cambio de que el tiempo se comprimiera y hoy fuera ya mañana, pero no por la infantil añoranza de estar al lado de su objeto de deseo, sino por evitarse el encuentro con Rosario, su substancia de tormento y de aflicción.
Tal como le había pedido, Alejandra se quedó después de clase y charlaron de su plan de estudios y casi sin quererlo se vio envuelta en un plan absurdo de asesoramiento individual, clases locas fuera de horario. Clases, que como proposiciones de amor, aceptó con frenesí y deleite, como si en este caso trabajar fuera juego, azúcar, semen, puro sudor de felicidad y no una gruesa carga, una condena, una forma de pagar su tránsito por esta vida.
Porque no hablaron sino de clases, de artistas, de escultura, de modelado. Nada hubo fuera del plan de clases, de los horarios, del esfuerzo que tendrían que hacer ambas para ponerse al día. Y sin embargo, todo era una erotización de la pedagogía, una sexualidad del método, una morbosa secuencia de conocimientos a adquirir. Ambas sabían que la omisión era parte del juego, que evadir las miradas y contener las manos haría mucho más intenso y disfrutable el tiempo de rodeo, de cortejo: era como si se hubieran puesto de acuerdo o como si cada una fuera una actriz representando el papel en un casting desesperado, ansiosas por formar parte de la obra definitiva.
Aurora rememoraba toda la tarde con Alejandra, la veía explicándole su particular concepto del arte, contándole como había llegado hasta allí, como casi sin saberlo, tenía, según decían los conocedores de artefactos artísticos, talento innato. Hablaba sin parar, con esa prisa provinciana de decirlo todo, cuando al provincianismo se une una extravagancia natural, armónica y orgánica, que lejos de producir desagrado, induce al deseo, a la posesión.
Así arribaba Aurora a su casa, lentamente, envuelta el una aureola de levedad, de pacifismo. Una atmósfera dulce y hermosa la rodeaba, a pesar de su empeño por ocultar que algo nuevo le había ocurrido, por más que intentara no evidenciar ante la dolorosa estampa de Rosario, toda su culpa de sentirse viva.
IV
La mañana la asqueaba, el café la asqueaba, el hundimiento del sillón la asqueaba, la gente que llamaba la asqueaba, le daban asco sus manos, su cuerpo enormemente lento, amodorrado, le daba asco mirar la tierra, el cielo, la asqueaba mucho el aire que respiraba. Su vida era una sucesión de arqueadas, su sensación más excitante se reducía al amago del vómito. Era como si dentro de su estómago creciera un volcán, que la quemaba, que le reducía a cenizas hediondas cualquier fugaz ilusión o esperanza.
Cada día era una angustia, un desvivir, una perdida de tiempo. Todo transcurría desnaturalizado, absurdo para ella. Y siempre empleaba el día en recordar. Repasaba su existencia como si leyera el diario de otra, como si se hubiera encontrado los apuntes de una desconocida abandonados en una parada de autobús, sólo que no leía con la curiosidad o el morbo de quien encuentra anotaciones ajenas. Revisaba su vida como un editor de tercera, harto de tanto libro de escritores de cuarta o quinta. No se reconocía en sus recuerdos; ni siquiera se identificaba con sus mejores momentos. No se exaltaba ante ningún recuerdo, no se erizaba ante escenas eróticas, ante mórbidas visiones, no sentía tristeza ante la visión de las sucesivas muertes que había presenciado, ya no sentía ni siquiera rabia por el descalabro, ladrillo a ladrillo, de su existencia creadora. Y un día se dio cuenta que había muerto en vida, cuando dejó de escuchar la palabra amorosa, de sentir la caricia dolorida, la plegaría excitante. Y se resigno a vivir muerta y a fingir lo único que era capaz: odio, asco, desdén.
Recordaba siempre su imagen famélica en la mesa de la cocina, cuando aun era una niña y pintaba con carbón cualquier esquina limpia o pulida; cuando su madre pegaba gritos de espanto al encontrarla en medio de un amasijo de fango, modelando lo que ella consideraba un Belén y su madre, en su pragmática vida, un montón de mierda mezclada con agua que la iba a enfermar. Recordaba como miraba aquel libro de figuritas que tenía la vecina de su madre, lleno de grandes hombres míticos y que por su título ella consideraba muy valioso. Una edición barata de La Historia Sagrada la deslumbraba y un día recibió una descomunal paliza, cuando América, la vecina le dio las quejas a su madre de que la niña había llenado todo el libro con garabatos, que había pintorreado todas las imágenes con unas pinturitas de uña, también robadas a la vecina.
Recordaba su infancia en aquel pueblo horrible, depredador de toda ilusión, hacedor de todas las miserias humanas posibles; aquel pueblo donde no tener un padre era casi ser un descastado y donde cualquier atisbo de creatividad era cercenado, circuncidado, para bien común, pues eso era un mal, un pecado, un castigo de Dios por el descarrío de una madre, descarrío que nunca entendió mientras duró su infancia, mientras duro su vida en aquel sitio de gente sin dientes de tanto darle a la lengua, creía ella.
Recordaba cuando habían llegado los hombres de La Historia Sagrada, con unas barbas enormes y muchos amuletos. Como habían realizado verdaderos milagros, como hablaban de convertir aquel sitio apartado y oscuro, en un paraíso, como todo el país. Recordaba siempre como uno de los Héroes, con su sombrero, su barba grandísima y un hablar extraño, de países lejanos, quizás de donde vivía Dios, la vio dibujar en la mesa mientras comía trozos, sobras, que su madre le había servido; como la llamó artista. Y como ella le dijo que sabía hacer más, pero que su madre decía que eso era castigo por su metedura de pata; como le dijo que hiciera más, y como ella corrió al patio y trajo tierra y le echó agua de un jarro cochambroso y amasó y lo hizo a él, con barba y sombrero. Y como aquel héroe de la tierra de Dios le dijo que ella estudiaría Arte, que tendría una escuela linda y grande, que tendría una patria que la querría mucho y premiaría su talento y que él la mandaría a buscar, para ir a esa escuela, para ir a ese pueblo, Patria, donde por fin la querían, donde decía el del sombrero, siempre tendría un padre y todos tendrían dientes.
El viaje a la capital, con 17 años cumplidos, acabó de forma abrupta, con su infancia extendida. Pensaba y se veía bajar del tren, con una maleta de cartón, con los papeles de la escuela nueva apretados en el pecho, entre su enorme corpiño y sus pequeñas y escuálidas tetas, con un montón de miedos y muchos pájaros revoloteándole en la cabeza. Como bajó de aquel vagón descolorido, viejo, apestoso y se tropezó con un lugar lleno de gente alegre, apurada y atareada en su ir y venir, gente que le sonreía con amplia boca, cuajadita de dientes blancos, sanísimos, brillantes. Como se tropezó con aquel muchachón, hermoso, que le preguntó si andaba sola y ella le dijo que venía a la nueva escuela y el se brindó a llevarla, y la llevó. La llevó tan lejos que se durmió, que sintió un dolor profundo, un dolor entre las piernas que nunca la abandonó, y la hizo dormir, perder la realidad de vista. Y cuando se despertó, en medio de un baño, sucia, rota, tanto como las piezas del lugar, se dio cuenta que ya no tenía infancia, que ese muchacho hermoso le robó su niñez y se la llevó en la boca, apretada entre sus muchos dientes.
Rosario siempre vivió dentro de la rabia y la tristeza. Nunca se recuperó de su dolor, de su pérdida. Sin embargo, en la escuela aprendió a desviar su rencor hacia un mundo que ella misma creaba con sus manos, un universo amasado con dolor, con intensa y poderosa frialdad, pero un cosmos hermoso por su gran artisticidad, por su dominio de conceptos mágicos, de arcanos que sólo ella podía conjugar. Se aplicó desde el inicio en aprender, en sacarle partido a todo cuanto le enseñaran. Pasaba noches enteras leyendo, escribiendo, estudiando. Tardes dibujando sentada en la hierba, figuras, construcciones que después esculpía en piedra o modelaba en arcilla con la facilidad del demiurgo. Dejó de ser Rosario para convertirse en Charo, en la gran Charo del arte con mayúsculas.
CONTINUARA......
Los capítulos olvidados del yo ( posmodernidad...ahora un relato...uy...mi cabecita)
Terapia
Con la tibia sensación de la luz ambarina, daba la idea de un lugar de otra índole, un espacio distanciado y cálido, un útero reservado a la meditación, al crecimiento, un sitio ideal de protección pero no de cura. Era como si de pronto se alcanzara un vacío reconfortante, una levitación que apartara del ruido, de la suciedad del entorno. Hasta el olor era allí particular. Olor a velas, incienso, como entrar a través de la línea temporal a un gabinete de cartomántica parisina, donde de pronto se desenvolvería una maravillosa sesión de magia blanca o una posesión sutil. Se daba por hecho el glamoroso encuentro verbal con una pitonisa.
La espera era apacible y a pesar de transcurrir en la habitación continua, nada se entreveía de lo que pudiera estar ocurriendo justo al lado, con un mínimo tabique e separación. Se presuponía que al pasar a la siguiente habitación, un violento acto de desnudes, violentaría cualquier ligera sensación de protección, y sin embargo, al traspasar el umbral, todo emanaba confianza; la que sólo habita en lo sagrado. Una confianza eso sí, motivada por una deseo desesperado de recomponer el mundo y de salvar los últimos jirones que se arrastran a tu pesar, trozos, hilachas de emociones que quedaron enganchadas en el transcurrir escabroso de la vida y que sin ser notadas, han ido entorpeciendo el caminar sosegado, el despertar descansado. Colgajos que defraudan cada mañana y entorpecen los parpados abiertos. Legañas del insomnio cotidiano. Así se llegaba al espacio donde todo parecía discurrir de otra manera y en un tempo pianísimo, como si todo no fuera más que el sueño y aquella liturgia se transformara en la realidad.
Después de desandar todas las sillas desiguales por estética del pequeño escondite, una vez impulsado el anterior inquilino a asumir la responsabilidad de lo vulgar del destino, aparecía en la puerta la figura central del espectáculo, una actuación reservada a un solo espectador, donde pronto se giraría la ruleta y tocaría al visitante interpretar un íntimo papel y quien se presuponía prestidigitadora o actriz, se ocuparía de observar y acotar la interpretación, corrigiendo el rol, como si fuera un ensayo general, llevado a cabo en infinitas partes.
Ante la las palabras puedes pasar, se abría el abismo de dar un paso, la primera vez. Sin embargo, la mujer en cuestión, devolvía esa confianza inicial de la atmósfera, incitaba a pasar a mejor estado, siempre sintiendo una distancia, que no por cálida, dejaba de ser paralizante.
La habitación ambarina también, poseía la diferencia de puntos de luz insinuados, que aportaban un confort mental inusitado, se tenía la sensación de que se podía esconder el rostro. Prestos al desnudo, era más afianzante sentir que la mirada carecía de interés, y que el pavor de la boca seca, no sería nunca percibido por la oficiante.
La silla recta y sola de un lado y una mesa ancha y maciza colocaba pronto a cada quien en su sitio. En la inmensidad del otro lado, la mujer se sentaba suavemente y provista de un bolígrafo y varios folios en blanco, comenzaba a escribir ininterrumpidamente en inicio, escuchando las primeras palabras cobardes, que se iban envalentonando ante la carencia de una cota, de una parada, de un cambio de sentido. A medida que iba saliendo fuera la verborrea apabullante de ontológicos años de silencio, palabras que daban la sensación de estar desprovistas de humanidad, ocurría la mágica sensación de estar haciendo una meiosis, y que esa figura inconsistente, etérea e imprecisa que brotaba, se paraba a un lado, en posición militar y exhortaba compulsivamente a describirla, sin mirarla, para alcanzar una vida independiente. Sensación que la mujer compartía pues a medida que progresaba el habla, miraba a la otra figura que surgía cada vez más atentamente. De vez en cuando, y esto sobre todo los primeros encuentros, la mujer apoyaba el bolígrafo, se recostaba hacia detrás y bien recogiéndose el pelo o remangándose las mangas de la blusa, concluía el movimiento ladeándose y cruzando las manos en el pecho. Ahí era el momento de parada donde inevitablemente venía una pregunta aclaratoria. Los primeros encuentros carecían de paradas bruscas, de desconcierto. Era todo de una suavidad inusitada, tendiente a la complacencia o propiciadora de una confesión en serie. La mujer se limitaba a mirar de vez en cuando, a asentir o a sonreír, que era la mejor evidencia de un encuentro valioso dentro de toda la palabrería inútil. Era como ir buscando las perlas ocultas dentro de un pozo de lodo. Cada una de ellas las engarzaba, conformando su particular discurso de las frases que iba soportando.
Sin embargo, a medida que iban transcurriendo encuentros, la parquedad se apoderaba de la figura maciza e iba tomando cuerpo la expectante discontinua, que se apoderaba con fuerza de la mirada de la mujer analista. Esta también iba transformando su suavidad en rotundo hincapié en zonas que llamaban su atención y cada vez más iba prestando más atención a la supuesta impostora que a la que en principio había requerido sus servicios y en la décima sesión se trasmutó el escenario en una actuación a tres donde la confesante miraba como su metáfora conversaba de forma continua y como la mujer focalizaba la mirada hacia el lado izquierdo, sin apenas pestañear y por supuesto haciendo caso omiso a su presencia.
Una opresión comenzó a subir por el pecho, casi como si de pronto un ascensor cargado de enormes bloques de piedra iniciara un trayecto vertical, naciendo en el abdomen y materializándose en el lado donde supuestamente mantenía el músculo cardiaco. A la vez una terrible punta se clavaba en sus brazos y sintió que iba inmovilizándose y que perdía el sonido de su voz. Se agitaba convulsa, pero las otras dos mujeres continuaban participando de un dialogo tendiente a monologo sin ni siquiera percatarse no ya de su agonía, sino de su estancia en la habitación. La sangre se iba convirtiendo en hielo, y su pensamiento intentaba recordar, aferrarse a una sola idea, una pregunta que no paraba de hacerse hacía casi media hora, desde que se percató que había dejado de ser presente para la analista. Que era lo que la había llevado 10 semanas atrás a encontrarse con la mujer del análisis. De pronto y a medida que iba sintiendo como escapa de ella el anhelo de estar despierta, como un fogonazo de cámara antigua recordó su por qué. Deseos de suicidarse, autenticas ganas de acabar con toda esperanza, y a su paso por la muerte, arrastrar consigo un recuerdo de vida útil, una acción de valor más allá de la última cobardía que era su propia partida. Había entonces decidido a comportarse violentamente, matar a alguien que pudiera significar algo, ser percibida por primera vez y recordada para siempre, al menos por un grupo de personas, que pasara del número finito de una familia. Debía matar un líder, matar a un guía, dejar sin esperanzas a muchos, como se iba ella. Aquí, como si todo fundiera a negro de forma lenta, en transición, alcanzó a ver como la figura corporizada con sus palabras se levantaba lentamente y sin vacilar disparaba a bocajarro a la cabeza de la analista, y en sutil cierre, mientras ella sentía el último calor evaporarse por su boca, quedo fijada en su retina abierta la imagen pregnante de su propia muerte.
Virginia
Vigo, 14 de noviembre del 2007
Los capítulos olvidados del yo (un break posmoderno....crítica de arte....)
Con un Picasso en mi espejo.
Cuando hacían su propio retrato, era al mirarse en un espejo, sin darse cuenta que ellos mismos eran un espejo.
Paul Eluard
Alrededor de un artista y más específicamente de su obra confluyen muchas mitologías, que casi siempre tienden a ratificar o autentificar el sentido mismo de la obra, convirtiéndose en un reservorio de las continuas elucubraciones mentales del público que degusta o digiere la cultura. Así la pieza de arte adquiere un sentido múltiple, donde el “otro” es quien verdaderamente se siente apto para significarla, para ponerle su propio texto reflexivo, y muchas veces este connotante significado escapa a los iniciales predios que el autor reservó para su obra, mínimos en cuanto son ideas de hombre, aunque este esté iluminado por la feroz luz del genio creador.
Una de las piezas emblemáticas de esta idea es el cuadro “Las señoritas de Avignon”, que Pablo Picasso realizó en 1907 y que siendo simple retrato en acción de unas prostitutas de un famoso burdel catalán, independientemente de una pieza clave del arte contemporáneo, ha sido releído una y otra vez, para intentar encontrar un significado más allá de una clase magistral de composición pictórica, motivos pintados aparte. Incluso su propio titulo es ya de por sí significativo en cuanto a “intervención” pública pues realmente las bien pintadas señoritas no son de Avignon, sino de una calle barcelonesa, en la que abundaban los prostíbulos, siendo el título real de la pieza Les demoiselles d'Avinyó. Sin pretensiones de que las susodichas damas fueran un icono de hermosura o de placer visual y sí referentes fidedignos de su cambio conceptual con respecto a las ideas que hasta ese momento había sustentado su obra artística, Picasso se colocó con este cuadro en la historia del arte contemporáneo como un maestro indiscutible y en el desvelo de los mitómanos como un productor de figuraciones alusivas a sus múltiples personalidades, asegurando los más osados que las “demoiselles” no son más que autorretratos complacientes del autor, que seducen sus propias limitaciones no como artista y sí como demiurgo.
Por estos caminos, que moralistas y recesos de la cultura verían como aberrantes y que a mí, un poco harta de los prejuicios de estetas canonizantes, se me antojan divertidos, caigo en cuenta que la obra El señorito de Aviñón, del artista Nelson Villalobos, que recién se estrena en las Casa de las Artes de Vigo, tiene mucho que hablar sobre el artista y la imagen que porta de sí, en cuanto autorreflexión de su humanidad y de su ética, ambos conceptos calibrados, en principio de modo generalizador, sin tergiversar el referente individual de cada creador y mucho menos estigmatizar a nadie como mero apologista de deidades referenciales. Sabedora de que Villalobos considera a Picasso un importante punto de partida en cuanto a su quehacer plástico, no me sorprende, que en cierto modo este cuadro sea una especie de autorretrato del artista cubano, que juega al “ready made” duchampiano al tiempo que sustenta una premisa imbatible del arte posmoderno: el acercamiento a lo epigonal como forma de apropiación y el uso de la cita textual como metalenguaje conformador de su propia incursión lingüística. Es decir, nos encontramos ante un cuadro que es en si mismo cuadro de otro anterior y que mixturando infinitamente los referentes de artistas usados por otros remiten inexcusablemente de vuelta a la obra contemplada. Una riqueza conceptual eminentemente poética, que rebasa la angustia de las influencias, y se concentra en exponer sin ambages el propio discurso teórico del pintor cubano.
Este cuadro abre el universo pictórico de Villalobos al mundo de lo eminentemente contemporáneo, entendido este término tan manipulado por los exegetas del discurso artístico, como lo contingente, lo que circunda al creador como entropía cultural. A mi entender lo coloca de manera definitiva como un creador en la plenitud de su carrera artística y en la madurez absoluta de su discurso pictórico. Atreverse a realizar un autorretrato, colocándose a Picasso por máscara, nos habla sin lugar a dudas de la honradez de su propuesta, si tenemos en cuenta que tamaña trasgresión podría conllevar a los estrechos de miras a sacar apuradas conclusiones manipuladoras, que malinterpretasen la intencionalidad última de esta pieza, que a mi modo de ver, no es otra que plasmar sin artificios los derroteros éticos y estéticos que van a sustentar cualquier trabajo que a partir de este momento salga del taller vertiginoso que es alma de este hombre. Y creo que aunque veamos el famoso autorretrato de Picasso como una careta, como un acto de travestismo, paradójicamente, con esta pieza Nelson dice sin miedo su verdadera esencia y nos advierte no sólo de la inconmovilidad de sus principios, sino de la certeza de que su verdadero camino está en continuar la ruta abierta por el malagueño, como si de una heredad ontológica se tratase.
En los tiempos que corren, ser un artista honesto y reconocer la génesis de la propia genialidad en la urdimbre que conforman otros artistas en el universo individual de la creación, es un riesgo de exclusión. Casi una afrenta a los que creen que queda aun algo por decir en materia de arte, a los que buscan exponer teniendo en cuenta un valor adquirido y netamente cifrado, a los que aún pretenden descubrir nuevos mártires para redimir sus agotadas espiritualidades o reforzar sus acaudalados techos. Una ofensa peligrosa, teniendo en cuenta que esas entelequias fantasmagóricas, agonizantes, insaciables, que desgraciadamente confunden valor con precio, son los nuevos mecenas de un arte muerto, un arte que hace a sus creadores esclavos de un mercado virtual, lleno de todos los vicios y escaso de verdadera pasión y real poesía.
Nelson, con una bizarría increíble, ratifica con este cuadro su actitud de disidente, de periférico, de marginal, teniendo en cuenta que para los que quedamos disfrutando el arte y degustándonos con la esencia de la creación como un acto de trasgresión y de lucha, abandonar el centro es una actitud de jerarquía, de principio, una resistencia pacífica contra la violencia del mercado y de los hacedores de artistas, que comienzan a fabricar un golem, que de forma imprevisible culminará destruyéndolos.
No quiero patentizar o dejar resquicios que permitan a los intolerantes, lacerar la lectura de este artista, creando falsos espejos o tildándolo de soberbio. No hablo de menosprecio al público, ni de desaprensión a la crítica, hablo de la misma humildad de Picasso, porque Nelson, sin caer en la vacua reverencia, rinde un homenaje al universo artístico que portaba, como un cuaderno de esbozos, el universal malagueño; un cuaderno nutrido de referentes imprescindibles en su obra, develados sin miedo y con la certeza de su genialidad. Retratándose como un “picasso” visto por Picasso, Nelson habla de sus raíces, de sus entronques, de sus referentes, y obliga a sus compañeros de camino, aquellos que de verdad lo recorren a pie y sin pretensiones redentoras, a reconocer la valía del legado artístico universal, que más que estigmatizador, es liberador de actitudes.
Cuando en 1907 Picasso dejó sin título el cuadro de sus putas, manifestaba su callado deseo de dar una lección de humildad a los que hacían de la pintura un coto de bravuconería y exaltación ególatra. Cuando Nelson titula su cuadro El señorito de Aviñon, deja claro que su amor por el arte es incorruptible, y que mercado aparte, la trascendencia última de una obra es el acto revelador de su vida particular al artista que la crea.
María Virginia Ramírez Abreu
Crítica de Arte.
Vigo, 10 de diciembre de 2007.
martes, 10 de noviembre de 2009
Los capítulos olvidados del yo (sigue... atrás)
La vida es del carajo, sí señor. Es como un camino lleno de maleza donde nunca sabes que insecto pequeño o que fiera gigantesca te vas a encontrar. Los problemas grandes y pequeños y a partir de ellos, el tiempo que te gastas en resolverlos. Eso es vivir. Vivir es sinónimo de solucionar o de remendar, pues nunca terminas con una misma cosa.
Dante se equivocó. La selva oscura existe siempre, sólo que la vemos cuando tenemos puestos los ojos del pensamiento. Cuando analizamos verdaderamente la vida, y esto ocurre en cada cual según el tiempo que tarde en dejar de ser un niño, nos percatamos de que no es precisamente dejarse llevar, sino que tienes que bracear desesperadamente para no perder el rumbo. Y la vida no es solamente física, sino que tienes que llevar un petate lleno de espíritu. Según sea más duro o más suave el camino lo conservas o lo vas vaciando. Afortunado el que puede llegar al final sin haber perdido ni uno solo de sus bienes espirituales.
Mi vida ha cruzado un gran océano. Un mar físico, que aterroriza por su ferocidad y unas aguas profundas de desasosiego dentro mi propia alma. Porque sueñas y crees que el viaje te hace reencontrarte y sin embargo te pierde. Nunca puedes verte hacia atrás porque la memoria te va olvidando, te va cerrando tu propia imagen y el viaje se convierte en un camino donde no encuentras el principio, pero como siempre, tampoco te es dado ver el final.
Te vas aferrando a las ideas, a los mundos posibles, pero nunca captas la verdadera esencia de lo que fuiste y serás, el mundo real. Cuando sales de tus cotas, te afanas por construirte un mundo de urgencias, como las plantas no puedes sino estar sembrado en alguna parte. Pero el terreno no puede ser real porque no es tuyo. Te plantas entonces en los sueños. Y te limitas a vivirte en la imaginación, llenando tu equipaje con los miedos y los deseos.
Yo emprendí el viaje sin regreso. Yo pude mucho tiempo mantener mi maleta llena de esperanzas. Yo logré durante un tiempo no empeñar mis sueños y mis amores. Pero el camino es difícil para transitarlo con un fardo tan grande de recuerdos y anhelos, de dolores y alegrías, de amores y desamores. Siempre acostumbré a reciclarlo todo. Nunca podrán decir que abandoné a su suerte uno sólo de mis sentimientos. Ahora, quiero descansar un poco, tomar aliento para una subida que decido necesaria. Me siento pues al borde de la vida, desato el nudo que cierra mi pasado y pienso, antes de sacar aquello que ya no necesito, como poder dejar constancia de cada uno de mis más queridos compañeros.
Los recuerdos, que buenos y que malos amigos. Buenos porque te mantienen viva, te hacen saber que existes, que tienes un pasado, un detrás. Malos porque siempre te impiden vivir el presente a tus anchas, te cuestionan el futuro, te halan para que no puedas avanzar. Recuerdos buenos y malos, recuerdos alegres y tristes, recuerdos imprescindibles y desechables. O recuerdos mutables: en su día buenos, hoy malos, intransitables, paradójicamente, irrecordables.
Los sentimientos también son recuerdos. Una vez que los posees, quedan ahí para siempre. Forman parte de ti, viven y laten. Hasta que pasan a formar parte de tu vida muerta y se comienzan a olvidar.
Mis primeros sentimientos fueron poemas. Como recuerdo la intensidad con que los escribía; el dolor placentero que me causaban; la fantasía que evocaba al crearlos. Mis primeros poemas fueron sueños, ganas deseos, pero nunca realidades. Los amores que los encendían eran fábulas de vidas que no eran mías. Fueron posiblemente recuerdos de otros.
CONTINUARA
Los capítulos olvidados del yo (sigue...)
TALENTO
No hay talento para sentir
Ni un valor para avanzar
No hay forma de descubrir
Todo se centra en amar
Cuando la piel se enardece
Y la cabeza te estalla
Cuando el sexo te florece
Y solo quiere más batalla.
Cuando cambia el horizonte
Y todo lo sientes cerca
Cuando sólo dices "ponte"
Y la razón no preserva
Cuando mudas de equipaje
Y todo se vuelve vuelo
Cuando no tienes pasaje
Y todo parece cielo
Cuando tu siempre enemigo
Te parece cosa rara
Cuando tu duro camino
Es tierra suave y arada
No preguntes a tu mente
Deja salir tu estallido
Olvida ya ser consciente
No reprimas el aullido
Sal de tu propio sentido
Entrega tus posesiones
Participa de un latido
Que empata dos corazones
Por que amar es descubrir
Y el valor para avanzar
El talento de sentir
Y la forma de centrar.
Vigo, entre febrero abril del 2008
Los capítulos olvidados del yo
PENSAMIENTO I
Hay que ser valiente para vivir como cobarde….
No pienso convertir lo que escribo en una reserva de lamentos mutilantes. Estoy harta de ver siempre el lado vacío de las cosas; lo que no alcanzo; lo que me prohíbo; harta de racionalizar las emociones hasta dejarlas sin una gota de vibración. No más resignarme a aceptar lo que no soy ni quiero ser, lastimando y humillando a la parte más valiosa de mi persona. Y la llamo valiosa y no buena, porque estoy por creer que precisamente la mitad de mí, llena de “mis peores cualidades” morales, es la verdadera pauta de mi éxito. Esa irreverencia encarcelada, para soportar una vida común a la de las demás personas, se desmarca, sacando parte de su esencia. Y cuando eso ocurre, mi personalidad se vuelve aérea, desprendida de la mezquindad de un concepto de bondad, que creo, me es totalmente ajeno.
Estas ideas parecen un tratado de locura, un abalorio con cuentas de cobardías, que intento esquivar, apoyándolo lejos de mi corazón. Sin embargo, creo que no podemos escribir de nada; no podemos apresar la vida y hacerla relato escrito, si primero no limpiamos a conciencia los anteojos que nos ciegan a nuestro interior más terrible, a nuestras más grandes frustraciones. Tenemos que abrazar el miedo, observarnos como realmente somos y darnos la mano, conciliándonos de una vez con nuestros propios desatinos. Intento por demás, poder saludarme; sentir el placer de haberme conocido.
Mis ideas acerca del mundo, acerca de la vida, no tienen un sustrato real. No son obra de una mirada detenida, de una confrontación amistosa o amorosa con lo que me rodea, con el exterior. No, eso implicaría la opción de elegir. Nunca he elegido; he sido puesta en tesitura. He agotado todas las formas de resistencia, terminando en una inercia, que más que física se reduce al cansancio matemático: a menos resistencia, menos esfuerzo. Y me dejo llevar, me lanzo en pos de la espalda de cualquiera, que de tanto en tanto me llame por mi nombre, me mire, me de una caricia como estímulo. Una caricia rápida, un pase de mano. ¿Suena a perro? Quizá. No me avergüenza confesarme perro. Amo con ternura infinita a mi perra, compañía silenciosa, comprensión más allá de toda duda, fidelidad a ultranza, incondicionalidad resumida en una mirada firme y duradera. Un apoyo, una elección única, una libertad en mi amor.
Sigamos con el mundo. La capacidad inhabilitada para elegir, ha condicionado mi mirada. Creo que casi siempre he mirado en derredor con miradas prestadas, miradas alquiladas a precio de oro. Nunca podría decir miradas compartidas. Por eso mi contacto con el exterior es dudoso y está siempre corrompido por los sentimientos del otro. No me libero de la otredad. Nunca soy yo, siempre soy otro, soy del otro y me relaciono como el otro. Sufro el mundo ajeno, porque sencillamente, a mis casi 40 años, no tengo un mundo propio. No he decidido cual es verdaderamente el universo que debo soportar y que me soporta con humildad. Giro en orbitas concéntricas alrededor del punto de atracción y me alejo de mí, me pierdo de vista. No me encuentro, no me veo, porque no soy yo. Soy un reflejo; un acto involuntario; una secuencia de acciones que ni siquiera puedo ordenar porque no las percibo, no las vivo, no las siento, no las padezco, no las interpreto y además, no las entiendo.
Así, nada que haya tocado fuera de mi cuerpo deja huella, nada queda fijado en mí como una opción. Soy intermitente y esporádica. Me he formado de retazos de los seres que han marcado mi existencia. Soy un poco de mi madre, otro poco de mi padre, un poco de cada una de las personas que me he encontrado frontalmente en el camino. Una criatura terriblemente incierta, fallida, desposeída completamente de la capacidad de presentir el amor, de conformarlo a mi medida. Espero que otras manos entreguen a mi corazón el modelo se la pasión. Y voy directamente a la cruz, como un mártir, sólo que sin fe; un santo hastiado, aburrido de predicar en vano y hacia dentro.
Cuando hablo del amor, no condiciono este sentimiento al concepto del cuerpo a cuerpo. Hablo, simplemente, del intercambio de generosidad transparente entre dos seres, que se complacen, se complementan, se activan mutuamente. Amor como definición de desposeción, de antagonismo generoso, limpio, enriquecedor, equivalente. Pero siempre el amor ha venido a mi vida como un acto de sumisión, de estadía temblorosa, de terror al cambio. Un salto de liana, que va desde el amor filial al que comporta sobrevivir a los defectos y regodearse tranquilamente en las virtudes del desconocido ser con que cohabitamos. El amor ha sido en mí un acto colonizador, aculturante y desbastador. El amor me ha desvalijado poco a poco de mi misma y he terminado siendo pedazos de los amores que he sido.
Viendo esto, es improbable que sobreviva algo de lo que quiero contar. Mis memorias son memorias de otros. Son acciones de otros, son pensamientos y sentidos comunes. No he vivido lo que cuento. Me han contado lo que vivo. Soy en mi misma un texto. Un muro de lamentaciones ajenas; un mural apócrifo; un graffiti quejumbroso y plagiante. Una hoja en blanco, donde permanentemente alguien reclama y donde todo lo que soy se mantiene entre las líneas que escriben los demás.
¿Por qué entonces decidirme a escribir? ¿Por qué decidirme ahora a soltar lastre? Porque creo que siendo como soy un calco del otro, no me escuchan, pues no me escucho. Las palabras, los sentimientos rebotan hacia mí, como balas de goma, una y otra vez, amoratando sin sosiego la zona del contacto. Y duele, duele mucho. Por eso, he pensado (acto que aun puedo reservarme casi todo para mí, acto en que se manifiesta silenciosamente mi yo), que si ponía en limpio la sucesión de descalabros que son mis palabras, quizá pudiera callar y evitar así el dolor del golpe que son las palabras que se vienen contra mi piel. Y sé que este es un acto cobarde y tambien una acción atenuante pero no determinante. Una especie de tratamiento para mitigar la enfermedad y sus estragos, pero que termina siendo inoperante cuando el cancro se adapta al tratamiento y lo recibe más que como combate como alimento. ¿Y que es si no el acto de escribir? ¿No es la adaptación a nuestro silencio, que alimenta nuestro dolor existencial para llevarlo a ser paradisíaco divertimento del otro, reconocimiento distanciado y frío de la igualdad de la existencia, siempre que no invada nuestra confortable vida ignorante? Entonces, ya que puedo convertir mi ansiedad en anestesia, al tiempo que hago útil la inútil vida de los otros que se manifiestan en mí, ¿por qué no intentar corregir mi desacuerdo eterno con la vida y darle una vida sola a lo que soy por momentos?
Siempre he creído que el texto ideal para plasmar el dolor, la angustia, la desazón interior, era el poético. Con 16 años me llamé poeta. Sin embargo, la poesía exige ritmo, melodía, exige una música interior. Y la música no manifiesta nunca sentimientos desoladores; la música es de las artes la única terapéutica. Una música puede estar hecha desde el más terrible dolor, o desde la más infinita desgracia existencial, pero cuando se ejecuta, estas condiciones automáticamente se superan y se trasmuta la inmediatez del acto creador en lo opuesto al sentimiento plasmado, el que generó la composición de la partitura. Se transmite así un sentimiento de plenitud, de comunión feliz, de autentica superación de la insignificante circunstancia que dio lugar a la pieza. Se universaliza el sentimiento desolador, y llega a nosotros, en la escucha sucesiva, convertido en un sentimiento de bienestar y de esperanza.
Privada de la capacidad de subversión sentimental de la música como elemento prefigurador del género, la poesía pierde su calidad expresiva. Deja de ser lo que es y se convierte en un texto cansino, tópico, de ritmo saturado. Hay que tener música interior para expresar estos sentimientos que porto como poesía. Y hay que tener el don de convertir tu angustia existencial en clamoroso grito de batalla, en gozo, en vida. Hay que tener el deseo puesto más allá de la contingencia egoísta de soltar el dolor. Hay que querer transformar el mundo, mitigar la desesperanza de los demás. Y no es el caso. Así, visto que poesía y música no se avienen a mi expresión actual, creo que un texto a modo de ensayo filosófico, basado en mi propia existencia, es mucho más honesto, pues desde el inicio advierte la intención individualista de mejorarme, de paliarme, de aliviarme con una confesada actitud onanista, sin ningún interés de mejorar las circunstancias del mundo y de la vida que se me impregna.
CONTINUARA....
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