lunes, 16 de noviembre de 2009

Los capítulos olvidados del yo (un break posmoderno....crítica de arte....)

Con un Picasso en mi espejo.


Cuando hacían su propio retrato, era al mirarse en un espejo, sin darse cuenta que ellos mismos eran un espejo.
Paul Eluard

Alrededor de un artista y más específicamente de su obra confluyen muchas mitologías, que casi siempre tienden a ratificar o autentificar el sentido mismo de la obra, convirtiéndose en un reservorio de las continuas elucubraciones mentales del público que degusta o digiere la cultura. Así la pieza de arte adquiere un sentido múltiple, donde el “otro” es quien verdaderamente se siente apto para significarla, para ponerle su propio texto reflexivo, y muchas veces este connotante significado escapa a los iniciales predios que el autor reservó para su obra, mínimos en cuanto son ideas de hombre, aunque este esté iluminado por la feroz luz del genio creador.

Una de las piezas emblemáticas de esta idea es el cuadro “Las señoritas de Avignon”, que Pablo Picasso realizó en 1907 y que siendo simple retrato en acción de unas prostitutas de un famoso burdel catalán, independientemente de una pieza clave del arte contemporáneo, ha sido releído una y otra vez, para intentar encontrar un significado más allá de una clase magistral de composición pictórica, motivos pintados aparte. Incluso su propio titulo es ya de por sí significativo en cuanto a “intervención” pública pues realmente las bien pintadas señoritas no son de Avignon, sino de una calle barcelonesa, en la que abundaban los prostíbulos, siendo el título real de la pieza Les demoiselles d'Avinyó. Sin pretensiones de que las susodichas damas fueran un icono de hermosura o de placer visual y sí referentes fidedignos de su cambio conceptual con respecto a las ideas que hasta ese momento había sustentado su obra artística, Picasso se colocó con este cuadro en la historia del arte contemporáneo como un maestro indiscutible y en el desvelo de los mitómanos como un productor de figuraciones alusivas a sus múltiples personalidades, asegurando los más osados que las “demoiselles” no son más que autorretratos complacientes del autor, que seducen sus propias limitaciones no como artista y sí como demiurgo.
Por estos caminos, que moralistas y recesos de la cultura verían como aberrantes y que a mí, un poco harta de los prejuicios de estetas canonizantes, se me antojan divertidos, caigo en cuenta que la obra El señorito de Aviñón, del artista Nelson Villalobos, que recién se estrena en las Casa de las Artes de Vigo, tiene mucho que hablar sobre el artista y la imagen que porta de sí, en cuanto autorreflexión de su humanidad y de su ética, ambos conceptos calibrados, en principio de modo generalizador, sin tergiversar el referente individual de cada creador y mucho menos estigmatizar a nadie como mero apologista de deidades referenciales. Sabedora de que Villalobos considera a Picasso un importante punto de partida en cuanto a su quehacer plástico, no me sorprende, que en cierto modo este cuadro sea una especie de autorretrato del artista cubano, que juega al “ready made” duchampiano al tiempo que sustenta una premisa imbatible del arte posmoderno: el acercamiento a lo epigonal como forma de apropiación y el uso de la cita textual como metalenguaje conformador de su propia incursión lingüística. Es decir, nos encontramos ante un cuadro que es en si mismo cuadro de otro anterior y que mixturando infinitamente los referentes de artistas usados por otros remiten inexcusablemente de vuelta a la obra contemplada. Una riqueza conceptual eminentemente poética, que rebasa la angustia de las influencias, y se concentra en exponer sin ambages el propio discurso teórico del pintor cubano.
Este cuadro abre el universo pictórico de Villalobos al mundo de lo eminentemente contemporáneo, entendido este término tan manipulado por los exegetas del discurso artístico, como lo contingente, lo que circunda al creador como entropía cultural. A mi entender lo coloca de manera definitiva como un creador en la plenitud de su carrera artística y en la madurez absoluta de su discurso pictórico. Atreverse a realizar un autorretrato, colocándose a Picasso por máscara, nos habla sin lugar a dudas de la honradez de su propuesta, si tenemos en cuenta que tamaña trasgresión podría conllevar a los estrechos de miras a sacar apuradas conclusiones manipuladoras, que malinterpretasen la intencionalidad última de esta pieza, que a mi modo de ver, no es otra que plasmar sin artificios los derroteros éticos y estéticos que van a sustentar cualquier trabajo que a partir de este momento salga del taller vertiginoso que es alma de este hombre. Y creo que aunque veamos el famoso autorretrato de Picasso como una careta, como un acto de travestismo, paradójicamente, con esta pieza Nelson dice sin miedo su verdadera esencia y nos advierte no sólo de la inconmovilidad de sus principios, sino de la certeza de que su verdadero camino está en continuar la ruta abierta por el malagueño, como si de una heredad ontológica se tratase.
En los tiempos que corren, ser un artista honesto y reconocer la génesis de la propia genialidad en la urdimbre que conforman otros artistas en el universo individual de la creación, es un riesgo de exclusión. Casi una afrenta a los que creen que queda aun algo por decir en materia de arte, a los que buscan exponer teniendo en cuenta un valor adquirido y netamente cifrado, a los que aún pretenden descubrir nuevos mártires para redimir sus agotadas espiritualidades o reforzar sus acaudalados techos. Una ofensa peligrosa, teniendo en cuenta que esas entelequias fantasmagóricas, agonizantes, insaciables, que desgraciadamente confunden valor con precio, son los nuevos mecenas de un arte muerto, un arte que hace a sus creadores esclavos de un mercado virtual, lleno de todos los vicios y escaso de verdadera pasión y real poesía.
Nelson, con una bizarría increíble, ratifica con este cuadro su actitud de disidente, de periférico, de marginal, teniendo en cuenta que para los que quedamos disfrutando el arte y degustándonos con la esencia de la creación como un acto de trasgresión y de lucha, abandonar el centro es una actitud de jerarquía, de principio, una resistencia pacífica contra la violencia del mercado y de los hacedores de artistas, que comienzan a fabricar un golem, que de forma imprevisible culminará destruyéndolos.

No quiero patentizar o dejar resquicios que permitan a los intolerantes, lacerar la lectura de este artista, creando falsos espejos o tildándolo de soberbio. No hablo de menosprecio al público, ni de desaprensión a la crítica, hablo de la misma humildad de Picasso, porque Nelson, sin caer en la vacua reverencia, rinde un homenaje al universo artístico que portaba, como un cuaderno de esbozos, el universal malagueño; un cuaderno nutrido de referentes imprescindibles en su obra, develados sin miedo y con la certeza de su genialidad. Retratándose como un “picasso” visto por Picasso, Nelson habla de sus raíces, de sus entronques, de sus referentes, y obliga a sus compañeros de camino, aquellos que de verdad lo recorren a pie y sin pretensiones redentoras, a reconocer la valía del legado artístico universal, que más que estigmatizador, es liberador de actitudes.

Cuando en 1907 Picasso dejó sin título el cuadro de sus putas, manifestaba su callado deseo de dar una lección de humildad a los que hacían de la pintura un coto de bravuconería y exaltación ególatra. Cuando Nelson titula su cuadro El señorito de Aviñon, deja claro que su amor por el arte es incorruptible, y que mercado aparte, la trascendencia última de una obra es el acto revelador de su vida particular al artista que la crea.




María Virginia Ramírez Abreu
Crítica de Arte.
Vigo, 10 de diciembre de 2007.

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